Se echaba de menos que Robby Valentine nos deleitase con su tremendo show de música propia y el genial tributo a la leyenda británica de Queen. Para empezar la vivencia que hubo en la noche madrileña, donde la Sala Revi Live acogió su regreso a la capital, se necesita ofrecer un breve prólogo sobre el artista y el por qué es un ídolo de masas. Es difícil explicar quién es Robby, aparte del tremendo y exitoso palmarés que posee en su trayectoria profesional. De ascendencia neerlandesa con una edad rozando la sexta década, Robby es un símbolo de resistencia en el mundo musical, ya sea en géneros como el pop, el metal/rock y coqueteos varios.
Quizás no sea alguien muy conocido para el público general (la curiosidad llamó la atención de la gente), pero raro es que sus versiones de Queen no tengan repercusión hoy en día. No obstante, Robby continúa teniendo un espíritu impecable desde un aspecto holístico. Es decir, se le ve en plena forma y muy dinámico, su personalidad es digna de admirar, incluso hablando poco y, ante todo, nos otorgó un espectáculo muy especial de tres horas (¡sí, sí!) que demostró lo expresado aquí. ¿Faltó gente a la cita? Un poquito, e importó bastante por la trascendencia exclusiva que poseía la ocasión. Por ello, Robby decidió que empezar el 2026 con su ansiado show en la capital española iba a quedar grabado para la posteridad.
Todos queréis saber cómo fue el concierto y si hubo algo interesante que contar… ¿Os vale todo? ¡Ojalá así fuera! Otro breve inciso que hay que tener en cuenta es que Robby, según algunos presentes, actuaba de forma extraña, como si estuviese perdido en el escenario. ¡No, no lo estaba! Para quienes se lo preguntaban, Robby posee un estado ocular bastante deteriorado, pues el hecho de que actuase con gafas deportivas era un signo (de autoimagen) que no afecto (¡para nada!) al show.
Un pie de micro blanco, luces continuas sobre su teclado, ayuda externa de compañeros… ¿Alguien lo va a criticar? Pues en caso de que ocurra tal acto de deshonor y carencia de absoluta humanidad, mejor es cerrar la boca y sentir empatía por Robby Valentine (La empatía no es igual que la pena, ¡es fácil diferenciarlas!). ¡A ver cuánta gente es capaz de realizar un show tan espectacular y mágico como el vivido con Valentine en las mismas condiciones! Hay que ser considerado y sentir infinitas emociones, bailar al ritmo de la música, alzar la voz a los coros grupales y dejarse llevar por un arte escénico que ha logrado la categoría de legendario.
El show de Valentine, siendo tres horas de duración, lo lógico hubiera sido dividirlo en varios actos, tanto por el público como por los propios artistas. ¡Por supuesto, así fue! Un poco de descanso siempre viene bien, pues tocar de seguido habría sido una completa odisea. Aparte de la música Valentine, es importante recalcar la escénica accesoria. El juego de iluminación fue clave a la hora de dar la emoción adecuada a los temas, incluyendo un poco de niebla trasera que incrementó el fanatismo social. No hay que olvidarse del sonido, que era tan nítido como un lago cristalino.
El primer acto se relegó a un repertorio del propio Valentine, es decir, un repaso a su discografía en solitario. Sin apenas esfuerzo, Robby se valió de su porte escénico junto al rico elenco de compañeros que le arropó cual familia unida. Las guitarras se repartieron entre Robby y el incombustible Paul, una máquina cordófono con más sonrisas y felicidad que todo el público junto. Disfrutaba a cada ritmo que interpretaba, llegando al éxtasis en los solos que tantos arrebatos de admiración atraía de la gente. A muchos nos suena el grupo neerlandés After Forever (sí, donde militaron figuras míticas del metal/rock sinfónico, como el guitarrista de Epica, Mark Jansen, o la icónica Floor Jansen, ahora cantante de Nightwish). De ahí encontramos a la base estructural del grupo de Valentine, un imponente Luuk al bajo y las suaves dotes percusionistas de André a la batería. ¡Dos pilares fundamentales que elevaron el espectáculo a un nivel excelso de calidad!
Robby canta cual ruiseñor andaluz, y el apoyo corista de la versátil Maria Catharina (¡todo queda en pareja!) con la espléndida Inge Rijnja. Ambas vocalistas supusieron un plus extra de belleza y liricidad al repertorio de ambos actos, donde se repartió el protagonismo en función de cristerios sorpresivos. También hubo duetos entre ellas, regalando unos momentos preciosos para el emotivo recuerdo del concierto. Aunque Maria Catharina acaparó gran parte de la presencia femenina, en opinión de servidor, Inge debería haber estado en una igualdad escénica (se la veía muy serena y centrada, mientras que Maria Catharina era puro nervio artístico, ¡lo cual no es una crítica negativa!). Sin duda, se convirtieron en la mejor compañía para que Robby no dejase de brillar en la noche madrileña, aparte de ayudarle a incrementar el fervor social.
El teclado de Robby, en las zonas solistas, complementó a la dulce voz del artista, quien no tuvo fallo alguno, ya fuera en tono o en habilidad instrumental. Verle tocar los acordes de la guitarra o pulsar las teclas era similar a grandes figuras de la composición clásica. Más que disfrutar con la música que ejecutaba, Robby era un cúmulo de sensaciones en una fachada corporal que expelía unos movimientos sutiles bastante cautivadores. Aunque la seriedad le invadía el gesto facial de vez en cuando, él nunca dudaba en lanzar sonrisas a un público que le aplaudía y ovacionaba a cada momento de interacción social. Siempre cauto y seguro de sí mismo, el artista no vaciló en lanzar muestras de cariño y cercanía social con el público que le vitoreaba. Sabe que España es una tierra donde la música se vive al máximo nivel, y aprovechó ese aspecto con motivo de realizar el mejor show ibérico posible.
El primer acto finalizó con una marea de alegría, gozo y un ambiente festivalero inmejorable. Un descanso sentó de lujo para todo el mundo, pues se retomó la segunda parte con el expectante tributo de Robby Valentine a una mítica banda británica, Queen. Está claro que Robby no es Freddie, ni Paul es Brian; ¿queréis ver un tributo bien hecho y sin tonterías? Lo que se vio en la Sala Revi Live fue una explosión social cuando los grandes himnos de Queen resonaron a un nivel sonoro inaudito. Cada artista sacó lo mejor de sí, ya fuera con un aumento de los graves, la técnica guitarrera o unos agudos vocales singulares. La mala fortuna se presentó con la ausencia marcada de Inge, pues Maria Catharina se convirtió en el único contraste vocal de Robby. Todos notamos la programación accesoria del piano; ¿nos importó? No, pues Robby demostró que su talento es nato y nació para ser una estrella musical.
¡Ver a todo el público coreando “Bohemian Rhapsody” es un placer prohibido que pocas veces se contempla! Detrás de sus gafas, seguro que Robby estaba llorando al oír tantas voces al unísono, porque emular a Queen no lo hace cualquiera (¡menos a un nivel mínimo de calidad!). Aunque muchos temas se intercalaban en medleys, no había manera de contener la algarabía por disfrutar de temas como “I Want It All”, “Bicycle Ride” o “Don’t Stop Me Now”. Para servidor, faltó la transgresora “I Want to Be Free” pero con la cantidad hitos interpretados, mejor callar y asentir con la cabeza al memorable show. Maria Catharina se soltó el cabello junto a un vestuario clásico estampado de rombos monocromo, lo cual detuvo el tiempo en la moda y empalmó las décadas doradas de la mejor música rockera. Su inmensa alegría se contagió tanto como su azogue escénico, siempre apoyando a Robby y ensalzando el valor social hacia él.
Los sentimientos de cantar junto a Robby y compañía no dejaron de crecer durante el segundo acto, hecho que no sucedió en el anterior. Es decir, el show de canciones propias tuvo un ambiente bien caldeado mantenido, mientras que el tributo a Queen detonó una algarabía que parecía imposible de detenerse, sino crecer sin control. Los artistas se dieron cuenta de ello, así que rebajar el tono no era un opción factible. Robby se volvió mucho más conmovedor, Maria desperdigaba lágrimas de gozo, los músicos no podían esconder las ganas de seguir tocando ante el inmersivo público… Hasta en los rincones más recónditos de Madrid, ¡alguien sentía el poder de Queen cerca suyo!
Sea del gusto o no según las preferencias, hay artistas que no pueden pasar por la Historia escondidos de la fama y a la sombra. Robby Valentine aprendió esa lección hace tiempo y en Madrid, su despliegue sonoro y vocal volvió a demostrar que la adversidad, corporal u otro tipo, no existe mientras el arte se lleve en el corazón y el espíritu. Con esa juicio loable de dictamen, no sabemos si Valentine volverá a España en el futuro próximo, pero algo sí vivirá en quienes otorgaron parte de su tiempo y vida en contemplar el ascenso divino de Robby Valentine sin milagros ni tonterías de por medio, solo férrea actitud, arduo trabajo y mucha dedicación a ganarse el título de ídolo inmortal.
Crónica y Fotografía realizada por A. Wesker V.S.
















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