El Rock in Rio Lisboa volvió a transformarse en el epicentro mundial de las emociones, consagrando el 21 de junio como una de las jornadas más memorables y multitudinarias de su undécima edición en el renovado Parque Tejo. Un día dedicada a la música más extrema, que colgó la nota de entradas agotadas, y no era para menos, el cartel prometía una auténtica comunión para los amantes de las guitarras afiladas y los himnos generacionales. El indiscutible plato fuerte de la noche corría a cargo de Linkin Park, quienes regresaban a los escenarios portugueses en el marco de un nuevo y emocionante capítulo musical. Tras un doloroso y prolongado parón obligado por la trágica muerte de su icónico vocalista Chester Bennington, la banda estadounidense ha resurgido de sus cenizas con la incorporación de Emily Armstrong al frente y la grabación de su álbum de estudio “From Zero”. La expectación por ver cómo la nueva voz defendía el imponente legado de la banda, combinando la nostalgia con los acordes de su reciente repertorio, convirtió el festival en un hervidero de pasión y devoción rockera.
Pero para formar parte de este hito histórico, nuestro viaje comenzaría mucho antes de que se encendieran los primeras luces de los tres escenarios de la ciudad del rock. Un largo trayecto de siete horas en autobús que sirvió para templar los nervios, y compartir la ilusión con otros tantos viajeros con el mismo destino. Al llegar, la ciudad de Lisboa, la impecable organización del festival nos brindaron una acogida espectacular, facilitando que el cansancio de los kilómetros acumulados se disipara al instante, entre la calidez de la capital lusa, y las imponentes infraestructuras a orillas del río Tajo. Ya dentro del recinto, el ambiente impregnado de esa electricidad tan característica que solo los grandes acontecimientos consiguen generar, se abría ante un impresionante recinto que nos daba la bienvenida. Una espacio diseñado como un gran parque de atracciones, donde el único requisito era, disfrutar de la música, entre otros espectáculos. Como la impresionante noria que rivalizaba con la estructura del puente Vasco da Gama, sobre el río Tajo, que sin duda, su cercanía hizo que a ciertas horas refrescara el ambiente. Con todo esto, ya estábamos preparados, con las emociones a flor de piel y el corazón acelerado, para dejarnos la garganta y permitir que el rock más puro e internacional inundara por completo cada rincón de la ciudad.
Toda esta descomunal estructura de entretenimiento de la «ciudad del rock» se encontraba perfectamente articulada a través de tres escenarios principales: el majestuoso «Palco Mundo», el enérgico «Super Bock» y el dinámico «Music Valley». Precisamente este último, al situarse estratégicamente como el espacio más cercano a la zona de la entrada, fue el primero en ponerse en funcionamiento y el encargado de dar la bienvenida oficial a los miles de asistentes que entraban con entusiasmo. Su programación temprana ofreció una variada amalgama de propuestas rítmicas para calentar motores desde las primeras horas, contando con la participación de talentos tan diversos como Ryan Vasquez, School of Rock, Dealema o Sam the Kid, quienes se entregaron a fondo en sus actuaciones para recibir al público de la mejor manera y preparar el terreno para una jornada que prometía ser inolvidable.
Tara Perdida
Y después de haber echado un mirada al ancho horizonte, pusimos rumbo hacia las primeras actuaciones que darían inicio a mí aventura musical. La banda portuguesa Tara Perdida, fue la que dio el pistoletazo de salida, atrayendo hacia el escenario Super Bock a muchos de sus seguidores que, desde bien temprano de la jornada del domingo, aguantaban el calor del día con una paciencia admirable. En plena ola de calor, con el sol castigando con fuerza el recinto del festival, la recompensa fue el poder disfrutar de un rock de la vieja escuela con toques punk, interpretado con una maestría impecable. Desde esta que escribe, siempre es bueno descubrir música más allá de nuestras mentes y de las fronteras habituales, rompiendo los esquemas de lo cotidiano para adentrarse en la autenticidad de un circuito musical que a veces pasa desapercibido, pero que desborda una calidad inconmensurable. Los portugueses saltaron a las tablas dispuestos a no dar tregua, conectando de inmediato con una marea humana que cantaba cada una de sus canciones, y aplaudía con garra. La atmósfera que se respiraba en las primeras filas, era de hermandad propia de los grandes eventos de rock, con la certeza de que iba a ser un concierto que prometía ser histórico desde los primeros acordes. El público, respondió con saltos, mosh pit y una entrega absoluta a la descarga de energía que la banda desplegaba sin reservas, demostrando que el punk rock es un lenguaje universal que no entiende de barreras climáticas, ni geográficas cuando se ejecuta con el corazón.
Su contundente concierto, ejecutado con una estética rockera impecable, su cantante, Ruiz Costa “Ruka”, recordó por su voz a Lemmy de Motorhead, proyectando esa rudeza vocal y esa presencia escénica tan imponente, que evoca a las más grandes leyendas del género. Sobre el escenario se desató una auténtica tormenta sonora donde la banda demostró estar en un estado de forma excepcional, hilando un clásico tras otro y haciendo especial mella en el público al rescatar himnos de la talla de «Um Dia De Cada Vez» y el enérgico cierre con «Bairro De Alvalade«. Canciones que fueron como detonantes de una catarsis colectiva, uniendo las voces de los seguidores más veteranos, con las miradas de asombro de los que esa tarde acabarían descubriendo a la banda. Una batería que avanzaba como una apisonadora incombustible, marcando el ritmo a unas guitarras afiladas, que dibujaban riffs que sonaban a rebeldía bajo el cielo de Lisboa, consolidando una actuación memorable que dejó a los presentes exhaustos, pero completamente satisfechos. Al final de la tarde, la sensación generalizada entre los asistentes era la de haber sido testigos de un directo salvaje y honesto, de esos que dignifican el espíritu del festival y reafirman a Tara Perdida como un pilar fundamental del punk rock luso, dejando una huella en la memoria de todos los que desafiaron al sol para verlos triunfar.
Grandson
El honor de inaugurar oficialmente las actuaciones de esa jornada en el imponente escenario Palco Mundo recayó sobre Grandson, el proyecto musical Jordan Edward Benjamin, que demostró desde el primer segundo estar plenamente capacitado para romper el hielo en un festival de estas magnitudes. Sonidos del metal alternativo más a la vanguardia inundaron por completo la calurosa jornada de domingo, sirviendo como el bálsamo perfecto para activar a un público sediento de distorsión y directos potentes. Una propuesta escénica que se convirtió en una perfecta fusión entre los versos más combativos y afilados del hip hop y las texturas pesadas del metal más extremo, una amalgama sonora que se sintió fresca, demoledora y cargada de una fuerte carga de crítica social. A pesar del sol abrasador que caía a plomo sobre el recinto a esas primeras horas, la carismática presencia de Jordan Benjamin, y de su banda consiguieron conectar de forma instantánea con los miles de asistentes que se agolpaban frente al escenario principal, transformando el calor ambiental en una auténtica caldera de energía humana. Cada estrofa escupida con rabia, junto a cada riff de guitarra, funcionaron como una fuerte declaración de intenciones, dejando claro que el rock alternativo del nuevo siglo tiene en este artista a uno de sus estandartes más firmes.
Un repertorio que estuvo perfectamente estructurado para mantener el listón en todo lo alto, dosificando temas repletos de ganchos directos que hicieron las delicias de los más fieles seguidores, y atraparon a los curiosos que recién entraban al Parque Tejo. Entre los momentos más memorables de la actuación destacó la contundencia rítmica de «Bury You» y el descontrol colectivo que provocó la adrenalina pura de «Oh No!!!«, temas que desataron los primeros y enérgicos saltos bajo el cielo lisboeta. No obstante, el clímax absoluto de su presentación llegó con la interpretación de su himno indiscutible «You Made Me This Way«, una pieza de una intensidad desbordante que fue cantada al unísono por una masa entregada que se dejó la garganta en cada estribillo. Al término de su directo, quedó flotando en el ambiente la sensación de haber presenciado un arranque histórico y demoledor, una inyección de adrenalina impecable que preparó el terreno de la mejor manera posible para el resto de una jornada musical que ya se preveía inolvidable.
Blasted Mechanism
El escenario Super Bock se convirtió en el epicentro de una de las experiencias más singulares del festival gracias a la actuación de Blasted Mechanism, una banda que se subiría al escenario con una fuerza arrolladora. La banda ofrecería un torrente de sonidos con altas dosis de rock en una fusión con otros sonidos electrónicos que no dio tregua al público. Desde los primeros acordes, el grupo portugués demostró por qué son una de las formaciones más originales de la escena lusa, desplegando un viaje sonoro que puso mucha marcha sobre las tablas, y revolucionó la tarde. Para quien escribe estas líneas, este concierto supuso toda un descubrimiento musicalmente; una propuesta refrescante y única, que rompió los moldes de lo predecible, mediante una potente puesta en escena que complementaban a la perfección con su propuesta artística. La conexión con la gente fue inmediata, sumergiendo a todos en una dimensión paralela donde las barreras de los géneros musicales tradicionales se desvanecieron por completo bajo el influjo de hipnóticos ritmos.
Entre los momentos más destacables de la tarde destacó la interpretación de la vibrante «Start To Move«, cuyo ritmo contagioso se encargó de poner la nota de baile a la tarde, haciendo que todo el recinto se moviera al unísono en una marea de saltos. Asimismo, la tremenda potencia de «Karkov» resonó con una contundencia bestial en el Parque Tejo, consolidando el clímax de una actuación que destacó tanto por su espectacularidad visual, como por su impecable precisión sonora. La propuesta irreverente y magnética de Blasted Mechanism demostró una gran capacidad para agitar a la gente, y que el grupo cuenta con una gran cantidad de fieles seguidores. Al concluir su actuación, solo puedo dejar constancia, de que, sin duda, presencié una de los shows más originales del día.
The Pretty Reckless
A partir de esta actuación en el Palco Mundo, comenzaría la llegada de los grandes nombres internacionales del día, marcando un notable punto de inflexión en la intensidad del festival, y elevando las expectativas de la gente. Llegaría el turno de una de las bandas, que actualmente se encuentran en estado de gracia musicalmente, The Pretty Reckless. La banda de Taylor Momsen, que muchos la conocemos por interpretar a la pequeña Cindy Lu Quien, de la película “El Grinch”, ha crecido notablemente, y ahora lidera con un magnetismo incuestionable, una banda de rock de gran éxito internacional. Este tremendo salto cualitativo la ha llevado incluso a ser telonera de los míticos AC/DC en sus giras masivas de estadios, demostrando que su propuesta posee los galones necesarios para medirse con la realeza del género. Ahora en 2026, y con disco nuevo bajo “Dear God”, la banda estadounidense se presenta en los escenarios siendo ya un nombre importante y consolidado en muchos de los festivales más importantes. Así la expectación en el Parque Tejo era palpable minutos antes de su salida, con miles de gargantas preparadas para recibir la descarga de un cuarteto que ha sabido revitalizar el hard rock contemporáneo a base de crudeza, actitud y estribillos monolíticos que resuenan con la fuerza de un trueno.
El concierto arrancó de manera espectacular bajo el cielo lisboeta, desatando una oleada de vítores en cuanto la imponente figura de Taylor Momsen pisó las tablas exhibiendo esa actitud desafiante que tanto la caracteriza. El repertorio fue un viaje sin concesiones a través de sus composiciones más potentes, abriendo fuego con la contundente «Death by Rock and Roll«, un tema que conectó de forma inmediata con los miles de asistentes que y llenaban las primeras filas. La banda sonó compacta, pesada y precisa, arrastrando al público a un torbellino de distorsión donde cortes como «Make Me Wanna Die» reavivaron la nostalgia colectiva de sus primeros éxitos, demostrando la vigencia de su propuesta. Taylor Momsen manejó los tiempos del directo con una maestría asombrosa, alternando momentos de pura rabia rockera con pasajes de profunda carga emocional, respaldada por riffs de virtuosas guitarras, haciéndonos viajar musicalmente entre la rabia más rockera, y el blues más sentimental. El calor de la tarde pareció quedar en un segundo plano envolviendo al Palco Mundo en una atmósfera densa, magnética y puramente eléctrica que evidenciaba su estatus de estrellas globales.
La apoteosis final de su presentación llegó en el último tramo del concierto, cuando el cuarteto puso toda la carne en el asador para terminar de asolar el escenario principal del Rock in Rio. La interpretación del coreado himno «Heaven Knows» puso a botar a todo el Parque Tejo. Sin dar un solo respiro a la gente, terminaron con la incendiaria y demoledora «Going to Hell«, un cierre perfecto a golpes de hard rock, que elevo el ánimo del público para el resto de la noche. La actuación de The Pretty Reckless no solo cumplió con las altísimas expectativas, sino que reafirmo de forma contundente por qué son uno de los reclamos más codiciados de la escena musical actual en pleno 2026. Un directo honesto y salvaje que firmó un paso triunfal por Lisboa.
Kaiser Chiefs
Tras el arrollador paso del rock más americano de la mano de The Pretty Reckless, la jornada del Rock in Rio Lisboa guardaba un momento verdaderamente mágico antes de que la música en directo volviera a tomar los mandos. Mientras esperábamos en el escenario Super Bock, y sonaba de fondo el inmortal himno «Heroes» de David Bowie, el público levantó la mirada al cielo para ser testigo de un impresionante espectáculo aéreo; una exhibición impecable que, a lomos de la patrulla aérea, dibujó piruetas sobre el Parque Tejo, y sirvió sin duda como un bellísimo preludio para la siguiente actuación. Este despliegue por todo lo alto nos trasladaría de inmediato hacia sonidos británicos con la llegada de Kaiser Chiefs. La expectación por ver a los de Leeds era desbordante, y la banda no decepcionó al saltar al escenario con esa energía descarada e hiperactiva tan propia del indie rock de los ingleses. El contraste entre la dureza previa y el gancho melódico británico funcionó a la perfección, encendiendo los ánimos de miles de fans que se agolpaban con impaciencia, listos para dejarse llevar por un arsenal de ritmos festivos, estribillos altamente contagiosos y una descarga de adrenalina que convirtió la zona en una auténtica fiesta bajo el atardecer lisboeta.
Desde los primeros acordes, su carismático líder Ricky Wilson se adueñó por completo del escenario, saltando sobre el escenario y contagiando su dinamismo a una masa humana que respondió de forma instantánea. El concierto fue una sucesión impecable de himnos generacionales donde no podían faltar sus mayores éxitos, como el celebrado «Ruby«, una canción que desató el delirio total del público y puso a todo el festival a cantar su icónico estribillo. La banda mantuvo el listón en lo más alto hilando de forma magistral clásicos de su trayectoria, como la demoledora y frenética «I Predict A Riot«, una pieza que generó uno de los mosh más multitudinarios durante su actuación. El virtuosismo instrumental del grupo y su innata capacidad para conectar con las grandes masas quedaron firmemente demostradas, rematando una actuación soberbia, que concluyó con la emblemática «Oh My God» para dejar los ánimos de la gente por las nubes. El paso de los británicos por Lisboa se consolidó como uno de los shows que más nostalgia despertó entre el público que se acercaría a verlos, dejando en sus rostros amplias sonrisas.
Cypress Hill
Antes de que todas las miradas se enfocaran por completo en el escenario principal, desde la distancia pude observar un abarrotado escenario Music Valley, donde una inmensa marea humana disfrutaba al máximo de la potentísima actuación de P.O.D. Aquella estampa de entrega total sirvió como el marco ideal, para calentar los motores de una noche que prometía emociones fuertes.
Ya en el Palco Mundo, con la noche completamente instalada en el recinto del Parque Tejo, los sonidos más urbanos de las leyendas del Hip Hop. Estamos hablando de Cypress Hill, unos pioneros en su género, y que han sabido abrir las puertas de su género, a públicos tan diferentes, como el metalero. Esta particular transversalidad musical provocaría que el ambiente frente al escenario principal fuera una amalgama única de culturas urbanas, uniendo a los apasionados de las rimas, con los devotos de las guitarras pesadas bajo el cielo de Lisboa. El despliegue sobre las tablas arrancó con una energía sísmica inconfundible, liderada por el eterno fraseo de B-Real y el arrollador respaldo rítmico que caracteriza sus espectáculos. El repertorio estuvo plagado de clásicos instantáneos que hicieron saltar a todo el recinto al unísono, demostrando una pegada instrumental que bien justifica su conexión con la escena del rock pesado.
Entre los momentos más intensos e icónicos de la velada destacó la interpretación de «Dr. Greenthumb«, que envolvió al escenario del Palco Mundo en una densa nube de misticismo y complicidad colectiva. Otro de los momentos a destacar, llegaría con el tema «(Rock) Superstar» funcionó como el puente perfecto entre géneros, desatando una auténtica locura donde los saltos y los brazos en alto se multiplicaban hasta donde alcanzaba la vista. La música avanzaba como una apisonadora gracias a la maestría de DJ Lord y los potentes arreglos de percusión de Eric Bobo, demostrando que Cypress Hill no se limita a reproducir sus pistas de estudio, sino que reinventa cada canción para dotarla de fuerza.
El final de la actuación se convirtió en una apoteosis de rimas pesadas y coros masivos que retumbaron con fuerza entre la gente. Con los acordes del «Insane in the Brain«, se desató la euforia entre la gente, uniendo a todo el mundo en un baile colectivo, demostrando así la capacidad de la banda estadounidense su dominio de el escenario y el control del público. Sin duda una actuación que mantuvo la llama de la nostalgia de los noventa con una vigencia sonora demoledora.
Linkin Park
Antes de que el escenario principal se vistiera de gala para el gran desenlace, en el escenario Music Valley, se encontraba actuando Sepultura, quienes en el marco de su emocionante gira de despedida, una gran multitud de gente se encontraba disfrutando de sus grandes clásicos. Sin embargo, la noche avanzaba, y pronto llegaría el momento que todo el mundo estaba esperando, la actuación de Linkin Park, en su regreso a la música. Una inmensa marea de gente ya abarrotaba la explanada del Palco Mundo, miles de almas ansiosas por ver a una de las bandas que, desde la década de los 2000, que a pesar de la triste pérdida de su cantante Chester Bennington, han sabido evolucionar y reinventarse dentro de la escena global. Con las luces del recinto volviéndose tenues y una atmósfera de misterio flotando en el aire, comenzó a sonar una densa introducción mientras las pantallas gigantes proyectaban un gran reloj marcando una cuenta atrás. El entregado público, incapaz de contener los nervios, unió sus voces para hacer la cuenta regresiva al unísono, rompiendo en un rugido atronador cuando el contador se puso a cero. En ese instante, un afilado láser de luz iluminó de manera espectacular la entrada de cada miembro de la banda que más nostalgia despierta en el espectador actual, dando el pistoletazo de salida oficial con la envolvente «Castle Of Glass» seguida inmediatamente por el estreno en directo de su nuevo sencillo «The Emptiness Machine«.
Desde los acordes iniciales del concierto, el grupo mostró una complicidad total y absoluta con el público, llegados desde diferentes puntos del planeta, adueñándose del escenario con una energía renovada que disipó cualquier asomo de duda. Si bien es completamente cierto que la figura del añorado Chester Bennington es y será siempre bien halagada, respetada y recordada por todos, la incorporación de la nueva vocalista Emily Armstrong se ha revelado como un éxito incontestable para el devenir del grupo. Emily demostró una fuerza vocal descomunal que no solo respeta profundamente la esencia de los clásicos imperecederos del grupo, sino que además aporta un aire fresco de evolución y desarrollo técnico que abre de par en par la puerta a un nuevo y prometedor camino. Después de todo, la historia de la música nos ha enseñado que Linkin Park no es la primera gran banda que se ve en la delicada tesitura de cambiar a uno de sus miembros por causas de fuerza mayor y que, aun así, han logrado mantenerse en la cresta de la ola cosechando un éxito masivo sin perder un solo ápice de su estatus de leyenda viva dentro del metal alternativo. Esto quedó de manifiesto cuando encadenaron temas de la talla de «Crawling» y «Somewhere I Belong«, donde la agresividad y la melodía se fusionaron a la perfección, desatando una marea de saltos y brazos en alto que cubría toda la colina del Parque Tejo.
El verdadero clímax emocional y uno de los puntos más sobrecogedores de toda la velada llegó con el comienzo del tercer bloque de la actuación, unos delicados y solemnes acordes de piano rompieron la tensión del ambiente para dar paso a la interpretación de «Lost«. Ante esta sorpresa, el público, completamente extasiado, se emocionó hasta las lágrimas con su escucha y su profunda carga dramática, creando una atmósfera tan íntima y pura que cualquiera de los allí presentes diría que la icónica imagen de Chester estaba presente en el espíritu de la melodía. Este instante de comunión sirvió también para rendir un homenaje implícito a otros grandes caídos de la música popular, y a figuras inmortales como Chris Cornell y Kurt Cobain, iconos trágicos de toda una generación que compartieron esa misma sensibilidad desgarradora en sus composiciones. Fue el preludio perfecto para enfilar el camino hacia los himnos más clásicos como «What I’ve Done» o «Numb«, está última muy celebrada, y con la gente cantando cada palabra de la canción. La intensidad de la noche fue tal que, durante la ejecución de «Waiting For The End«, la propia Emily Armstrong fue víctima de la gran emoción del momento, un nudo en la garganta provocado por la entrega de la masa humana que por unos breves segundos le impidió continuar cantando, dejando que el propio festival la cobijara alzando la voz por ella.
El tramo final del espectáculo alcanzó cotas de locura colectiva insuperables durante el bloque de los bises, donde el grupo estadounidense echó el resto descargando de forma consecutiva la crudeza de «Papercut«, la inmortal «In The End«, demostrando que solo los grandes y verdaderos festivales de música son capaces de lograr que el público ahorre y guarde fuerzas hasta altas horas de la noche para terminar dando el máximo de sus energías.Con los últimos acordes de la música de Linkin Park resonando en los altavoces, el público del Rock in Rio comenzó a abandonar ordenadamente el recinto con una sonrisa dibujada en el rostro.
Quizás muchos de los asistentes vuelvan de camino a sus casas en las inmediaciones de la propia ciudad de Lisboa, mientras que otros tantos emprenderán unos cuantos kilómetros de vuelta a sus lugares de origen, con el cansancio del viaje y la experiencia guardados en la mochila. Pero, independientemente del destino final de cada uno, todos y cada uno de los presentes se llevarán consigo el recuerdo imborrable de un día histórico que, a través de la música, nos volvió a unir a todos y nos hizo sentir un poco más como una gran familia.
Fotografía y Crónica de Geles M.R.























































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