Juntar varios festivales simultáneos puede ser una buena opción con motivo de compartir gastos, ampliar la oferta de bandas… La única pérdida radica en, por desgracia, dividir al público hacia un interés específico según los variados gustos personales. En el Sureste murciano, el coliseo del Rock Imperivm, al Noroeste ibérico, el impresionante Resurrection Fest y, en el Noreste, el icónico Rock Fest condal. Con tanta expectación a la vista, ¿cuál sería la preferencia del ámbito mediático? ¡Divide y vencerás! Hacía tiempo que el encanto barcelonés incrementaba, de forma demencial, el sentimiento heavy de la sociedad, superando incluso la escena de la capital nacional en la actualidad. Después de un intenso debate y preferencias sobre la cobertura a realizar, la brújula de Metaltrip se inclinó hacia el Rock Fest, el cual poco a poco, casi ha recuperado la grandeza de ese espíritu que siempre ha rodeado al evento, con grandes nombres que grabaron la cultura extrema en la preciosa ciudad condal.
Con tres días de intenso metal/rock nacional e internacional en el Parc de Can Zam de Santa Coloma, miles de asistentes desafiaron la incipiente ola de calor nacional en favor de la ansiada ocasión de un gozo singular. ¿Podría haber ido mucho más público? Esa respuesta se hallaría en regreso del raciocinio en organizaciones y promotoras de ocio musical. Aun así, nadie vaciló en entregarse, en cuerpo y alma, a un marcoevento que siempre es garantía de calidad y éxito en tierras catalanas. Para todos, esto es el Rock Fest 2026 y, en Metaltrip, ¡Wesker te lo cuenta en escritura y fotografía con todo lujo de detalles y más!
Orden Ogan
El calor de la tarde no se había ido de las tierras catalanas, de modo que un poco de buen power/folk sería de agradecer para comenzar la última jornada del Rock Fest. La respuesta se acató con la llegada del ansiado concierto de Orden Ogan, la increíble banda del vocalista y productor alemán Seeb. Con menos de una hora de actuación, se sabía que el setlist sería corto, pero nadie previó la intensidad que rodeó al show vivido. Con varios cambios recientes en los últimos años de pandemia, «Final Days» cosechó un sinfín de éxitos y críticas positivas, al igual que su antecesor, «Gunmen». Sabiendo esto, Orden Ogan guió el repertorio en función de seguir levantando al público incluso con el bochorno muy presente. Hace pocos años, el nuevo álbum «The Order of Fear» vio la luz, así que el tema homónimo copó un intermedio que el público celebró entre vítores y aplausos. Aparte también mencionar el grandioso decorado que la banda utilizó de fondo, el cual les quedó divino para enganchar al festival condal en la lista de triunfos rotundos de Orden Ogan en este verano.
Emulando al resto del público, servidor cantó y se coreó gran parte de las canciones interpretadas, como «F.E.V.E.R.» «Inferno» o «Come With Me to the Other Side». Éste es uno de los puntos más fuertes de Orden Ogan, la facilidad de aprenderse los estribillos y la rápida distinción de melodías. En un sonido tan perfecto como la presencia de la banda, Seeb apremió su laringe a niveles insospechados, siendo apoyado por el resto de músicos en «Heart of the Android» y «Gunman». Los jubilosos gestos de Steven concordaban con la potencia de su bajo, al igual que el dúo guitarrista de Niels y Patrick. Cuando uno es feliz trabajando, ¿qué más se puede pedir? Preciosas melodías, intrincados solos de gran maestría… Si no fuera por la imponente figura presencial de Seeb, ambos músicos se habrían llevado el protagonismo absoluto. Un poco escondido pero visible ante todos, Dirk realizó una excelente labor baterista, la cual llegó a sus puntos álgidos en «Let the Fire Rain» y el cierre con «The Things We Believe In», creando una bomba social que explotó en la emotiva despedida de Orden Ogan, los cuales prometieron volver a España sí o sí visto el tremendo apego del público español hacia la banda.
Steel Panther
Ningún festival está exento de ciertas polémicas según los puntos de vista que presencian los espectáculos audiovisuales. La llegada del combo americano Steel Panther fue de esos momentos inolvidables donde lo absurdo y las tonterías se entrelazaron en una maraña de risas por todo el Rock Fest. A través de su habitual estilo gamberro y descarado, los glammers realizaron el show más fiestero de los presenciados en el Parc de Can Zam. Cuando se expresa que la música extrema es “Sexo, Drogas y Rock N’ Roll”, es muy posible que Steel Panther cumpla el eslogan mejor que cualquier banda. Bromas, chistes, mucho humor… Un gusto para unos, decepción moral para otras. Ya que la hipocresía social no tiene mucho fundamento en un artículo de opinión, mejor ceñirse a lo que fue la actuación de Steel Panther más allá de las disputas levantadas por el Rock Fest. Con la estética más pura de la década de los 80’ Michael, Satchel, Stix y Spyder convirtieron el escenario en un sinfín de glamour sonoro que se fue intercalando con discursos de todo tipo gracias al carisma desbordante de Michael.
Realizando un repertorio por la discografía grupal, los artistas no se cortaron en mostrar el verdadero potencial del metal/rock clásico que parece haberse olvidado en la actualidad. Algunas improvisaciones quedaron muy bien a la hora de aupar los ánimos, así como la invitación al público (femenino) a formar parte del espectáculo. Detrás de esa fachada de parodia, Steel Panther es una máquina de movimiento social que, incluso estando el ambiente muy caldeado, nadie escapó a la llamada fiestera de los americanos. Además, hay que remarcar el gran trabajo bajista de Spyder, reciente miembro desde la salida de Lexxi, quien se comportó como si fuera una estrella original de Steel Panther. No se obvia tampoco la grandeza de Satchel, cuyo dominio guitarrista supera al de muchos artistas legendarios a pesar de que siempre toque las mismas melodías y varianzas teóricas.
Breaking Benjamin
Después de una velada de risas, se necesitaba una música más melódica que otorgase algo de emoción a flor de piel. El deseo no tardó en hacerse realidad gracias a Breaking Benjamin, uno de los grupos más notorios de la escena alternativa americana. Mostrando una clara influencia grunge que sorprendió al público circundante, Breaking Benjamin optó por variar el setlist entre su palmarés discográfico, aunque hubo dos intenciones muy claras. Primero, celebrar el vigésimo aniversario del álbum “Phobia” al igual que anticipar la salida del nuevo disco con dos temas de presentación, “Awaken” y “Something Wicked”. Con la puesta de escena enclavada en la portada del último sencillo, la banda quedó bastante estática debido al principal rol corista de los músicos. Sin embargo, ello no supuso ningún inconveniente en desplegar un sonido general perfecto que encantó a los presentes. Sin ser muy heavy ni tampoco lo contrario, Breaking Benjamin contrastó los mensajes líricos con una increíble contundencia melódica. Como si fuera un concierto más en Europa, Benjamin y compañía desafiaron al ambiente de la tarde de forma magistral.
Bajo una compacta imagen grupal, un importante aspecto estuvo carente en la actuación, siendo la conexión social. Cierto que mucha gente coreó las canciones al unísono, aunque la estática escénica influyó en que la dinámica del público fuese muy pobre. Quizás el calor no ayudase, pero las pocas apelaciones de Benjamin no obtuvieron la respuesta deseada. No obstante, otros momentos sí que tuvieron una explosión bastante llamativa. El más atendido fue el apoyo de propio hijo de Benjamin, quien con sólo 12 años, demostró un alto grado de pericia cordófona y no se achantó ante los miles de asistentes que le contemplaban junto a su padre. ¡Una hazaña inusual que acabó siendo un recuerdo muy especial para la banda! Aparte de la seriedad que se desgranaba en el desarrollo musical, los artistas fraguaron un creciente éxtasis que estalló en los temas finales del show. Bien sorprendido de la experiencia condal en el Rock Fest, Breaking Benjamin prometió volver a España y seguir regalando una calidad sonora digna de su nombre en la historia del metal/rock alternativo.
Evaristo
Evidente fue el hecho de que la tercera jornada del Rock Fest tuvo tantos gustos como colores en el espectro visible. Coincidiendo a la vez los escenarios con propuestas musicales muy diferentes, la cobertura dual comenzó al aire libre con la actuación del icono punkarra nacional, Evaristo. Es muy difícil no reconocer a uno de los artistas más implicados en la sociedad española como es Evaristo, pues su leyenda ha moldeado la escena musical extrema como ningún otro músico ha logrado. Jubilado ya en el aspecto laboral, la cultura patria le debe mucho a Evaristo, de modo que asistir a parte de su concierto era un fiel gesto de resistencia al status quo actual. Llevándose gargantas heavies y punkarras en pleno confort de unísono, Evaristo se rodeó del brutal fanatismo social que, entre moshing y surfeos, cantó la multitud de temas interpretados en el extenso setlist. Desde La Polla Records y Gatillazo hasta Tropa do Carallo, Evaristo no vaciló en desatar su portento laríngeo con una feroz interpretación lírica tan veloz como nítida. Escucharle en directo era revivir la historia de España en la transición democrática, pasando por los nuevos gobiernos y los grandes acontecimientos del país.
Mientras los jóvenes presentes saltaban y peleaban con la propia actitud punkarra imperecedera, los más veteranos rememoraban unos tiempos de lucha por los derechos laborales y sociales de un país en reconstrucción, llegando a expresar llantos de emoción. Daba igual el sonido o quien acompañase a Evaristo en los instrumentos, lo más importante de la velada era reivindicar la historia musical extrema en un show directo y de índole melancólica. Por supuesto, el cantante sabe bien a quien se debe su éxito a lo largo de los años, así que se codeó, mano a mano, con los fans en mitad de la algarabía. Desde el Parc de Can Zam, Barcelona volvió a ser el punto de mira de cómo el punk y el heavy se abrazan como corrientes culturales capaces de cambiar el mundo hacia un bienestar común con la voz de una leyenda al frente, siendo Evaristo y su impacto en la sociedad inconformista.
Chevelle
A la vez que Evaristo, otro grupo americano hizo acto de presencia en el escenario cubierto del festival condal. De todas las familias tradicionales de Illnois, el apellido Loeffler es mundialmente conocido por su pseudónimo artístico, Chevelle. Los hermanos Pete y Sam, con la ausencia de Joe, son un símbolo de cómo hacer metal/rock alternativo llamativo y que no defraude a los fans. A pesar de llegar a mitad del concierto y omitir el final para comprobar la despedida de Evaristo a lo lejos, no se vacila en lanzar un alegato muy favorable a la actuación de Chevelle. En una estética informal más propia de un grupo estudiantil, el varonil trío expuso un sonido bastante pesado y agresivo en la percepción ótica. Se le veía muy cómodos en la escenografía minimalista, donde un simple símbolo personal quedó muy bien junto al logo grupal en la pantalla digital; ¡nada de artificios o similares!
A decir verdad, Chevelle se nutrió de un concierto íntimo para aquellos que requerían algo de tranquilidad ambiental en el descenso de la tarde. El repertorio, algo breve, se repartió por diversos álbumes de estudio, aunque con mayor volumen de “Wonder What’s Next” y leves guiños al reciente “Bright as Blasphemy”. Los hermanos Loeffler poseen un virtuosismo notable, pero no se quedó atrás el bajo de Kemble. En una distribución sencilla de evidente estática, Chevelle tuvo un factor sorpresa que destacó por encima de otros conciertos, la mayoría de público juvenil. Justo ahí radicó el éxito del trío americano dentro de la carpa cubierta del Rock Fest, conectar al inminente futuro generacional con el metal/rock. Un objetivo loable que hizo a Chevelle obtener el resultado deseado y merecer un respeto aparte de su música.
Bad Religion
Si Evaristo mostró que la estética punk sigue muy viva en España, Bad Religion hizo lo mismo pero a nivel mundial. Una veintena de temas tocados sin pausas ni para hidratación es una heroicidad para una banda dispuesta a romper récords siempre. En el Rock Fest, el sexteto angelino acudió con un objetivo a lograr por todos los medios, que la gente se olvidase del calor tardío y centrase la atención en el show. Entre una variedad de clásicos inmortales y algunos guiños actuales, Bad Religion omitió los discursos y las presentaciones con motivo de realizar una contrarreloj escénica que se llevó una alta tasa de apego social. Los moshpits no se hicieron esperar en los primeros cortes, azuzados por la elegancia de unos artistas que conocen la difícil técnica de distracción en el punk rock.
A diferencia de Sex Pistols, Bad Religion no necesitó de ningún esfuerzo notable o parecido, sino que se valió de su virtud de congregación gracias a ese efecto llamativo de elegancia personal y rebeldía social conjunta. Cualquiera diría que los artistas venían de un paseo rutinario por La Diagonal, pues su imagen escénica era igual a unos turistas cotidianos por Barcelona. No obstante, cuando sonaban las canciones, esa percepción cambiaba radicalmente en aras de corear las líricas, saltar con unos ritmos muy pegadizos y contagiarse de una auténtica fiesta punki americana.
Después de más de cuatro décadas dando guerra por América y el planeta Tierra, Bad Religion no muestra ningún bajón de calidad en sus directos. Estableciendo una política sonora acorde a las necesidades del Rock Fest, Greg y compañía abrieron su baraja de ases y la repartieron por los alrededores. Teniendo al público entregado a la causa audiovisual del show, Bad Religion también utilizó la retaguardia digital para mostrar mensajes indirectos y aderezar el contenido musical. Más allá de la reciente tercera edad, los artistas mostraron una faceta sólida que sigue conservando una increíble precisión instrumental. La energía que se desprendía de la cordofonía puso el tono perfecto en la apreciación acústica, al igual que la base estructural de una percusión suave sin abruptos de los graves.
Para los músicos, no había ninguna necesidad de ser instigar a la violencia, sino reivindicar la cultura extrema y el arte vanguardista a expensas de la hostilidad sonora. Sin duda, el espectáculo recayó en la figura homogénea de Bad Religion y los mensajes transmitidos con la esperanzadora crítica hacia un mundo abocado a la destrucción natural. Nada de pirotécnica ni teatros con Bad Religion, sólo música a destajo que abra la conciencia de una sociedad que puede mejorar si se tiene la voluntad requerida para ello.
Powerwolf
Los feligreses metaleros estaban preparados para la magnánima misa de esta gira y muchos se agolpaban para ver a sus profetas bien cerca, pues Powerwolf tiene una muy buena base de fans ibéricos. El escenario se preparó al más puro estilo medieval, con decorados de castillos, raíces arboladas, una batería en lo alto y mucha ambientación temática. No era para menos y aún así, les faltó lo que muchos querían ver, el espectáculo de fuego y artificios. Sea por cuestiones de sala u organización, ni falta les hizo con el fabuloso show que ofrecieron al público mediante su particular estilo de power/symphonic metal. Abriendo las puertas del castillo virtual y desvelándose una pantalla digital, cada integrante se presentó con sus respectivas oraciones, quedando el sitio final al vocalista Attila, quien rompió el candado de la locura fanática tras los primeros ritmos de los hermanos Greywolf. De nuevo, la ausencia de una base grave se notó en la estructura grupal, pero no mucho en el sonido, donde el virtuoso Falk María ponía la ambientación en sus dotes teclistas y solventaba la situación. Por igual, Roel daba todo su ser en la percusión, dejándose entrever en las alturas. Dinámicos y jugando mucho con el público como es habitual, Powerwolf desplegó todo su arsenal sonoro, el cual se sobresaturaba de vez en cuando, aunque apenas duraban las incidencias.
La estética, igual en todos sus shows, les otorgaba el aspecto profético propio de una manada de lobos humanos. El maquillaje se mantuvo intacto en toda la actuación, incluso tras los gestos de admiración, ovaciones y ánimos hacia el público. Attila no se cortó en compartir sus dotes vocales con los asistentes, quienes trataron de emular su registro vocal en los estribillos y zonas corales de algunos temas muy conocidos como «Amen & Attack», «Armata Strigoi» o «Stossgebet». La repartición del protagonismo instrumental se balaceaba entre Charles y Dom, llevando guitarras idénticas. Si no fuera por el estilo de cabello, ¡sería imposible diferenciarlos! No nos olvidamos del carisma de Falk María, bajando de su altar cuando la ocasión se lo permitía e interactuando con los fans a tope. Sin duda, fue el más dinámico de la velada junto a Attila. Como cabezas de la gira, el setlist se repartió por casi toda su discografía, obviando los dos primeros discos de su carrera profesional. A mitad de 2024, sacaron «Wake Up the Wicked», y por ahí empezaron con «Blessed With the Blade». Con un poco de incienso y el apoyo incondicional del público, se sucedieron una retahíla de temas con muchos coros y repeticiones, como «Cardinal Sin», «Beast of Gévaudan» o «Demons Are a Girl’s Best Friend», donde la presencia femenina se hizo muy notable.
Tanto Attila como Falk María aupaban los ánimos una y otra vez, sin dejar decaer la esencia metalera. Ambos nos compartieron un momento mágico y precioso cuando interpretaron «Where the Wild Wolves Have Gone» con un piano clásico, donde las linternas y luces se alzaron más fulgurantes que las estrellas. A modo de terminación, «Sainted by the Storm», «Army of the Night» y «Let There Be Night» oscurecieron una sentida despedida que, por supuesto, nadie se creyó, porque lo mejor quedaba por aparecer. Los himnos «Sanctified by Darkness» y «We Drink Your Blood» de su cuarto álbum, «Blood of the Saints», resonaron en un juego de luces rojo continuo para dar el fin con «Werewolves of Armenia». Ciertamente, hay que reconocer que la intención de algunos juegos con el público y diálogos se podrían haber evitado para tocar más temas, pero es la esencia de Powerwolf y la realizaron de una forma magistral, dejando un concierto memorable y muy apreciado en boca de la mayoría.
The Offspring
Las juventudes de California han crecido mucho, pero su espíritu de resistencia a la línea temporal sigue siendo un acto de considerable significancia. Junto a Bad Religion y NOFX, The Offspring es una magistral prueba de que la estética punkarra puede resultar agradable tanto en música como en insolencia social. Siendo el último cabeza de cartel del Rock Fest e inicio de la terminación del mismo, The Offspring se opuso a esa concepción organizativa para dar más leña a la fiesta condal. A pesar de que sólo quedan Dexter y Noodles como miembros originales y el principal núcleo compositivo, la gente centró su atención en el combo holístico que se presentó sobre el escenario del Rock Fest.
Cinco músicos dándolo todo en sus roles artísticos, una veintena de temas en el setlist con los inmortales clásicos de los álbumes “Americana” y “Smash”, la algarabía saltando y disfrutando como nunca, uso de cualquier elemento festivo como confeti y figuras hinchables, diapositivas digitales que aportaron una mayor dimensión audiovisual… ¡Un concierto de críos hecho por críos y para críos! ¿Qué banda es capaz de montar un karaoke multitudinario que unifique a distintas generaciones en una sola? The Offspring es una de ellas, lo cual bien demostró en una experiencia que no se pudo criticar por mucho que así se quisiese.
No le hizo falta helio a Dexter para que la gente sollozase al oírle cantar en el mismo tono que hace décadas, cuando la MTV abarrotaba sus canales de difusión con “The Kids Aren’t Alright”, “Bad Habit” o “Burning It Up” y a todas horas. Al pie de la emoción personal, Dexter acabó rindiendo pleitesía al público, pues los coros estallaban por sí solos. Algo parecido ocurrió con Noodles, cuyo semblante serio no era capaz de reprimir las ganas de codearse con los fans a su lado. Ejecutar riffs míticos le hacía esbozar una tímida sonrisa, pues los medleys de homenaje a Black Sabbath y Ozzy Osbourne provocaron fieles rugidos en el Rock Fest cual catedral orgullosa del mundo heavy. El intento fallido de un muro de amor con la versión de “Love Story” perteneciente a Taylor Shift no fue un punto de inflexión en la calidad del show, sino que abrió las puertas a los clásicos que la gente no podía soportar las ganas de escuchar y ver en directo.
Entre los hinchables laterales, el despliegue de pelotas gigantes y la sucesión de experiencias singulares, The Offspring sacó el lado sensible de la gente con temas como “Walla Walla” y “Why Don’t Get a Job?”. El sonido general fue tan perfecto que, desde cualquier rincón del recinto, la apreciación acústica era impecable. Hasta en los pasajes más melódicos o de estética liviana, los fans pudieron impregnarse de solvente producción artística. Entre golpes de percusión y muchos graves de fondo, el grupo aprovechó la ocasión de explosionar los ánimos con “Self Esteem” y dejar constancia de su importancia en la escena rockera mundial. Bajo un paraguas de vítores y aplausos de placer sin descanso, el Rock Fest despidió a The Offspring como bien se merece una leyenda musical, augurando un regreso venidero y realizando los últimos bises corales.
Cavalera Conspiracy
Para ir dando punto y final al Rock Fest, el tributo nacional a Scorpions, Stingers, daría una buena dosis musical en la carpa. No obstante, Metaltrip terminó su actividad informativa con la actuación de Cavalera Conspiracy. ¿Qué sorpresas depararían los hermanos Cavalera en el Rock Fest? Se rumoreaba una interpretación íntegra de ese álbum que empezó a cambiar el rumbo thrasher de Sepultura a mitad de los 90’, el brutal “Chaos A.D.”. Por una vez, la información a priori no falló en su estimación; todavía quedaba ver el estado de bienestar del que gozaba la familia brasileña. Tocar un álbum tan bestia en los tiempos actuales es algo que no muchos artistas soportarían sin ayuda de elementos tecnócratas o programaciones accesorias. ¡Nada de nada! La veteranía de Max e Igorr, unida al vástago Igor Amadeus, dejó claro que el apellido Cavalera vive al margen de los cambios habituales en la línea cronológica real. A través de una pulida técnica veloz y muy precisa, casi todos los temas del álbum se sucedieron como la gente bien quería, entre moshpits salvajes y un apego absoluto al metal/rock clásico más extremo.
Ni siquiera faltaron las versiones de “The Hunt” y “Polícia” que tanto generaron un clima de éxtasis social. Con un cuerpo inerte colgando del techo en emulación a la portada del álbum, la oscuridad se convirtió en un factor inesperado de calidad, al igual que la intensa luz cromática de vivaz espectro visible. Gracias a ello, los gestos y las mímicas de los artistas cobraron una especial importancia en la experiencia audiovisual. Sin muchos decoros ni elementos pirotécnicos con motivo de mantener el aspecto minimalista, Cavalera Conspiracy se trabajó un show muy cualitativo aunque el sonido no fue del todo perfecto, llegando a tener evidentes altibajos en varios pasajes. En la noche condal y ante el rebufo de una ola de calor festivalera, la gente no se perdió la ocasión de revivir un clásico inmortal de la historia heavy, pues los hermanos Cavalera son un pilar fundamental de cómo se gestó la cultura extrema en Latinoamérica. De esta manera, el Rock Fest cerró otra exitosa edición con un final bárbaro, agresivo y complaciente para cualquier miembro del heavy/rock mundial.
Fotografía y Crónica by A. Wesker V.S.
































































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