13/08/2012
Hoy se cumple una semana de la finalización del festival de festivales. El evento con el que la gran mayoría de los que aman esta música ha soñado alguna una vez: WACKEN OPEN AIR.
En esta, su vigésimo tercera edición, el festival se veía deslucido por el fallecimiento de uno los asistentes, así como por las adversas condiciones meteorológicas sufridas que convertían, tanto la zona de acampada como la de escenarios, en un auténtico lodazal.
Muchos fuimos en esos momentos, y yo el primero, los que renegamos, odiamos e incluso juramos no volver nunca más a este festival mientras no contásemos con unas condiciones medianamente dignas para disfrutar de la música, que es lo que realmente nos apasiona y nos guía a estas tierras.
Sin embargo, es también en esos instantes cuando te paras a mirar a tu alrededor. Cuando contemplas a esa multitud desafiando a todos los factores adversos. Y, también, cuando intentas razonar por qué esa gente hace de los obstáculos un motivo más para seguir disfrutando del festival.
¿Qué es lo que ofrece WACKEN OPEN AIR para que cada año acudan fans de todas las partes del globo? ¿Cómo es posible mantener con vida a este enorme monstruo tras casi 25 años?
La respuesta a esas preguntas son medianamente fáciles de encontrar. Basta con haber estado alguna vez, haber escuchado la experiencia de algún conocido o, simplemente, con haber visualizado uno de los tantos documentales que existen sobre el festival para darse cuenta que hay algo de vida propia en él. Algo que, sin saber por qué, te mantiene atado y, casi, te obliga a repetir experiencia.
Sin embargo, una de las cuestiones más frecuentes entre los asistentes vienen relacionadas con el pueblo en sí: WACKEN....si, ese pueblo cuyo nombre sugiere a un animal doméstico y cuyo olor lo confirma casi al momento.
¿A qué se dedican esas adorables señoras que colocan sus puestos de comida a lo largo y ancho de la calle principal? ¿Cómo se divierten el resto del año los niños que, durante el festival, se ganan su particular sueldo llevando nuestras bebidas y alimentos hasta el camping?
Aprovechando la cercanía del lugar con Hamburgo y un, extrañamente soleado domingo, nos hemos acercado a esta pequeña villa de casi 2000 habitantes para intentar ver Wacken desde un punto de vista diferente al habitual.
Ni que decir tiene que, en los primeros instantes, las sensaciones y recuerdos te asaltan a la mente para, posteriormente, devolverte de golpe a la realidad al contemplar la calle principal totalmente desierta.
Son casi las 14:00 horas de este domingo día 12 y apenas se pueden observar un grupo de ciclistas y algún que otro niño. Un par de tractores repletos de bolsas de basura nos aclaran que todavía queda trabajo por hacer en los campos donde, una semana atrás, se había desatado la locura.
Ya no hay puestos en las aceras. Las carpas y bares caseros que daban colorido a las calles se encuentran totalmente desmantelados. Incluso la joyería del pueblo que adorna normalmente sus escaparates con motivos del festival ha cambiado sus pentagramas y martillos de Thor por coloridos e indefensos soles y peces.
Pero allí sigue ella. Recordando a los lugareños que, en poco menos de un año, el pueblo volverá a vestirse de negro. Nos referimos, como no, a la gran torre de WACKEN. La torre que nos recuerda que hubo una vez, allá por 1990, en la que unos jóvenes entusiastas decidieron juntarse para celebrar un festival en el que la música sería la única protagonista. La misma que sirve de referencia y bienvenida a los casi 80.000 fans que cada año se reúnen entorno a ella.
Comenzamos el paseo y dejamos atrás el restaurante en el que hemos pasado tan buenos ratos para darle la oportunidad de ser lo último que veamos antes de marchar. Espero que, esta vez, haya sitio suficiente para comer.......En modo irónico, claro.
De esta manera nos damos de bruces con el número 49 de la Haupstraße. Una de las casas más coloridas y carismáticas del paseo hacia la Meca. Como no.....cerrada a cal y canto y sin visos de habitabilidad. Apenas una pancarta nos muestra lo que ha sido y lo que volverá a ser.
Sin duda, uno de los lugares más frecuentados por los asistentes. Pero ni de lejos comparable al, casi por obligación, punto de reunión de todo aquel que pretenda conseguir algún recuerdo del evento. La tienda oficial, el "Wall of Fame", la torre.....inseparables, como siempre. Pero vacíos, como nunca. Más de uno y de dos tendrá constancia de lo duro que se hace adquirir material oficial durante los días de festival.
A buen seguro, otros muchos no tendrán tan buen recuerdo de este punto. Yo tampoco me fiaría si me dicen en el aeropuerto de Hamburgo que han perdido mis maletas y que me lo mandarán todo a la tienda oficial.....
Es en ese momento cuando una de esas curiosas vecinas, que no las ves....pero están, decide asaltarme para advertirme que he llegado tarde y que ya no puedo comprarme nada porque el festival acabó hace una semana.
"Disculpe señora....pero yo ya estuve hundido hace una semana en ese cenagal", le aclaro.
Con indisumalada sonrisa me certifica que ya lo veía venir tras las enormes tormentas registradas en los días anteriores al festival. "Una pena", sentencia.
Ante la cercanía de la amable señora, aprovecho para saber más acerca de la vida cotidiana en Wacken.
"Supongo que ahora más tranquilos después de todo el lío, no?", pregunto. Con cierto desasosiego me contesta afirmativamente. "Es una semana muy dura", contesta. "El pueblo está deseando volver a recibir a todo el mundo pero, para una persona de mi edad, se hace difícil no poder dormir apenas durante las noches". Entendible en todo caso.
Apresuradamente, se despide de mí para volver a sus labores dentro del jardín familiar, el deporte oficial en los domingos alemanes.
Me encuentro, por fin, en uno de los lugares de mayor atracción para METALTRIP. La carpa en donde se desatan las primeras locuras nocturnas. El bar en el que se rompe el hielo con los no conocidos y en el que se comparte experiencias pasadas con los ya amigos. Tal y como ya imaginábamos, no es más que un establo disfrazado de punto obligado de reunión. Todavía quedan algunas huellas de la presencia "humana" pero nada que ver con lo que estamos acostumbrados. Más recuerdos. Y otros tantos olvidos....
Tras avanzar unos metros nos encontramos con la zona de llegada y partida. Es aquí, en este punto cero, donde se desatan las ilusiones primero para convertirse en agotamiento después.
Es ese pasillo en el que portas tu pulsera por primera vez, en el que te adentras con todo un mar de tiendas frente a tus ojos. El punto en el que empiezan las primeras elucubraciones. Y, en el caso de este año, el lugar donde te hundes hasta los tobillos. El, todavía, deplorable estado del piso nos lo vuelve a recordar así que aprovecho para echar un último juramento por lo mal que lo pasamos.
Al fondo se aprecian montañas de basura todavía sin recoger, así como las diferentes carpas y tiendas de campaña abandonadas por sus dueños.
Por curiosidad, me hubiese gustado llegar hasta la zona de escenarios y puestos de comida pero el barro y alguna que otra mirada del personal que todavía trabaja me lo impiden.
Poco queda por ver y mi estómago ha hablado. "Zur Post" será el próximo y, a la vez, último lugar que me quede por visitar.
Nos referimos al clásico restaurante alemán de pueblo. Uno de los establecimientos más concurridos y con más "clase" del lugar, en el que es fácil encontrarse a unas 15 personas trabajando sin descanso, tratando de dar a basto a la gran demanda de desayunos, comidas y cervezas.
En el exterior del restaurante me encuentro una mesa. Vacía, con apenas 4 sillas. No me espero tampoco gran cosa dentro por lo que entro sin preguntar a la espera de localizar, impoluta, la mesa que nos ha dado tan buenos momentos durante los 4 días que allí estuvimos.
Es en ese momento cuando aparece la camarera. La que tan amable y pacientemente se ocupó de nosotros en aquellos días, a pesar de nuestras continuas y contradictorias peticiones. Se encuentra más relajada, tranquila y, seguramente, descansada, por lo que es una buena oportunidad para preguntarle por el Wacken Open Air.
Asegura que echa un poco de menos todo aquello. El ambiente, la gente, las anécdotas. Pero no vacila en aclarar que es imposible aguantar a ese ritmo mucho tiempo.
Le pregunto por su jefe, el orondo señor mayor que hace de la paciencia una virtud.
"De vacaciones", me contesta. No esperábamos menos. A nadie se le escapa que este señor hace el negocio del año en tan sólo una semana.
Así que solo me queda degustar la comida. Pero eso sí........Desde allí.
Desde la mesa en la que riojanos, madrileños, sevillanos, o de dónde sean, me mostraron que el Wacken no es más que una excusa.
Me prometí que no volvería..... Ya no lo tengo tan claro.
By: Marcos Perianes Castillo
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