Hay quien piensa que el punk más puro y clásico está muerto en la actualidad; por desgracia, la idea se destierra por sí sola con lo vivido en la sala Nazca madrileña. A pesar del frío nocturno en el finde semana y el arrecio de la lluvia invernal, no fueron impedimentos para que una leyenda viva americana pisase la capital y obligase, al público, a recordar los viejos tiempos de la rebeldía y el cambio social antes del fin de milenio. Con sólo dos álbumes de estudio y una veintena de canciones sin contar los trabajos en vivo, Dead Boys revivió el alma extrema de una sociedad dormida en los algodones del S.XXI. Coincidiendo con otros shows como la gira de The Night Flight Orchestra de Madness Live! la gente optó por decidir disfrutar de una nostalgia musical que Dead Boys se encargó de hacer realidad bajo la organización de Kivents. También hubo espacio para Klobber, una de las promesas del punk rock que estuvieron a la altura en todo momento, así que la velada quedó completa para quien se acercó a las inmediaciones del Santiago Bernabéu.

Klobber
Para abrir a una banda legendaria yanqui, la mejor opción posible recayó en el cuarteto local Klobber. A través de una música punk rock original y que recordaba a las épocas doradas de la rebeldía social a final de milenio, el grupo impregnó movimiento a los presentes de la sala, ya fuera con ligeros cabeceos de satisfacción o una actitud muy loable, en la cual se incluía una escueta diversión. Siempre al frente y bastante juvenil en espíritu, Mike agarraba los ritmos y acordes en una fiereza indiscutible, pues poco le diferenciaba de un verdadero punkarra de la vieja escuela. Apoyado por Gordon en la labor guitarrista y una impecable ejecución solista, más de una docena de temas bastaron con motivo de ganarse el favor del público. Envueltos en un sonido claro y de distorsión suave, cualquier cambios melódico o rasgo de agresividad práctica se convertía en un frenesí interpretativo de calidad sublime. Con tres álbumes de estudio, la veteranía se consolidó en un repertorio variado que no dejó indiferente a nadie; al revés, casi llegó a igualarse a lo que vendría después. En vez de guardarse las sorpresas para el final, Klobber exprimió su arsenal en pleno directo. Sin duda, no habría artistas más adecuados que ellos para preparar el terreno a los Dead Boys. No hay que olvidar los graves de Alberto, cuyo bajo sostenía la base instrumental (aparte de ser el único miembro español) a la vez que Humphrey, todo un portento físico que supo demostrar su valía baterista en el rol percusionista. Siendo un descubrimiento para mucha gente, Klobber se despidió del escenario entre aplausos, vítores y una incesante petición de bises.
Dead Boys
Tres años de actividad y dos discos fueron más que suficientes para que Dead Boys se labrase una reputación magnánima en el mundo de punk americano, aparte de influenciar a generaciones posteriores. Pocas bandas hay que puedan emular ese intenso palmarés, y de una forma similar, es lo que cientos de asistentes vieron en el interior de la Sala Nazca. De la mano de Cheetah y Johnny, guitarra y batería, el quinteto ha estado activo desde 2017, aunque la dinámica de la formación ha ido danzando al son del azar. En esta gira ibérica, Johny no ha podido acompañar a la banda, aunque siempre nos quedará el rebelde Cheetah. Evidenciando el azogue propio de un niño dispuesto a cambiar el mundo por la fuerza, se ganó al público de principio a fin con el genial setlist de los mejores éxitos de la banda. Sin embargo, no era el único sobre el escenario. La juventud de Sam reflejaba la pasión que artistas de renombre, como Sid Vicious o Dee Dee Ramone, lograron imponer a la historia de la música extrema. Sus manos tocaban las gruesas cuerdas del bajo cual papel, así como su look ochentero. Justo al contrario, la viva imagen de la fiesta rockera y el toque rockabilly estuvo vigente en Tony, quien quedó un poco apartado de la luminosidad; no en el sonido, pues era el complemento rítmico perfecto para acompañar a Cheetah. Le hubiera venido bien algo más de protagonismo, pero no quedó exento de recibir el clamor del público.
Cheetah es un terremoto, al menos, cuando se trata de moldear las ondas mecánicas con motivo de lanzarlas al público. Entre agresivos ritmos y solos puntiagudos, las ganas de armar un moshpit se contuvieron bastante, más en especial, por las pegadizas melodías de los estribillos o puentes alternativos. Puede que esté cerca de la septenio biológico, y aun así, ¡no hay quien le pare los pies! Centrado en su batería y sustituyendo a Johnny, Scott nos hizo olvidar la añoranza clásica mediante un trabajo asombroso en la base estructural. No hubo breaks vacíos ni similares, demostrando una calidad absoluta en dominio percusionista. Por último, el contraste de Mark con Cheetah sería imperceptible en opinión de cualquiera. Si la guitarra rompía el ambiente a cada momento, Mark provocó agujeros en el escenario del disfrute personal que le provocaba cantar canciones míticas. Siendo el más dinámico del grupo, realizó un tarea frontal inaudita gracias a su derroche de carisma, el vinculante tono de voz y sobre todo, la actitud despreocupada que conectó (¡muy bien!) con los asistentes. Casi se podía ver al minibar cantar con él en los coros, dando mérito también al apoyo grupal que rodeó a Mark en el énfasis del directo. Una hora y cuarto de concierto puso patas arriba al recinto, y aunque la descripción quede algo corta, hay que reconocer que Dead Boys es de esas bandas que, en estos tiempos, ¡hay que verlas sí o sí, porque el tiempo corre en contra!
Crónica y Fotografía realizada por Redacción MetalTrip














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