Segundo día en el festival Extremúsika y, aunque a mucha gente se le notaba visiblemente la resaca del día inaugural, las ganas de devorar la música en directo, y dejarse llevar por la energía de las bandas que participarían, seguían activas. Desde tempranas horas de la tarde, la gente comenzaba a llenar los escenarios principales, con sed de experiencias fuertes. El ambiente vibraba con una mezcla de expectación y hermandad festiva, sirviendo como el preludio perfecto para lo que prometía ser una de las jornadas más intensas e inolvidables de todo el fin de semana. Una día donde sonidos de ese punk rock de ritmos de fusión, con otros géneros, nos estaba ya esperando.
Wistimber
La jornada del festival arrancó con la energía desbordante de Wistimber. La formación, originaria de Navalmoral de la Mata, se encargó de abrir la música en los escenarios principales, aportando una fresca y profunda nota flamenca, combinada con el rock, la rumba y pop urbano. A pesar de lo temprano de la hora, una circunstancia que suele jugar en contra de los primeros grupos del cartel, los extremeños, plantaron cara al reloj con una propuesta sumamente canalla, que no tardó en congregar las miradas de las primeras personas que iban entrando al recinto. Liderados por la carismática voz de Carlos Hernández y la solvente guitarra de Álvaro Fernández, la banda demostró sobre el escenario, por qué sus composiciones callejeras, y alegres, conectan de forma tan inmediata con todo tipo de público. En el Extremusika fuimos testigo de un directo, fresco y sin artificios, donde Wistimber dejó claro que salieron a divertirse, y con ello contagiar su entusiasmo a la gente, que refugiada en improvisadas sombras, disfrutaban de canciones como “Dime” y “Esto no era así”. Con los últimos estallidos de su contagioso ritmo, la banda no solo desafió al sofocante calor de la tarde, sino que fue una de las grandes sorpresas de la jornada. Wistimber demostró que no hay hora temprana, ni sol de justicia capaz de frenar el duende, el desparpajo y las ganas de juerga de una formación que tiene el éxito asegurado allá donde va.
Zalake
El relevo sobre en el festival lo tomó con una autoridad incuestionable Zalake, la veterana formación de Mérida, carga a sus espaldas con una de las herencias más ricas, y respetadas del panorama musical extremeño, al haber surgido de otra mítica banda que siempre llevó el rock por bandera, como fue Bucéfalo. En está ocasión, lejos de vivir de las rentas del pasado, la banda ofreció una actuación que se transformó en un auténtico recital de heavy rock de la vieja escuela, de ese que se sostiene con orgullo sobre estructuras sólidas, que encandiló al público. Su show se convirtió en un desfile de riffs afilados, y canciones construidas a base de estribillos contagiosos, directos y con gancho. Ese magnetismo se vio fuertemente potenciado por un profundo sentimiento de pertenencia y orgullo patrio, consolidando al grupo como el perfecto embajador cultural en su propia tierra. Patriotismo que se sintió con su tema «Vivo en Extremadura«, convirtiendo la canción, en un emotivo himno de reivindicación cultural. Desde una perspectiva puramente personal, cabe destacar que son precisamente este tipo de actuaciones tan viscerales, y genuinas como la ofrecida por Zalake, las que realmente inyectan vida al circuito musical rockero, permitiendo que ese espíritu rebelde perdure indomable a través de los año,s frente a las modas pasajeras. Al final, en un cartel repleto de nombres contemporáneos, y grandes producciones comerciales, este tipo de bandas, son las que terminan rompiendo los esquemas establecidos, y de las que, sin lugar a dudas, más sorpresas gratas y recuerdos memorables en positivo, te terminas llevando a casa.
Me Fritos and Gimme Cheetos
Con la tarde ya bien entrada en el recinto, y el sol empezándose a ocultar, la atmósfera del Extremusika sufrió una metamorfosis total, donde empezamos a notar un cambio claro en la actitud de la gente. Donde la expectación dejó paso a un ambiente puramente carnavalesco. La diversión desinhibida estaba a punto de empezar en el escenario, a medida de que el recinto se llenaba, de un desfile de los más variopintos, y extravagantes disfraces, pelucas y complementos de colores brillantes, preparando el terreno para el torbellino que se avecinaba. Fue en ese momento cuando la banda Me Fritos and the Gimme Cheetos asalto el escenario, para desatar una auténtica explosión de colores, confeti y melodías aceleradas a golpe de ska, punk, rock y un descaro contagioso que puso el recinto patas arriba mediante sus ya célebres y curiosas versiones aceleradas de grandes éxitos del pop de todas las épocas. Himnos generacionales de la música española como «Chas, y aparezco a tu lado» de Álex y Cristina, o la mítica e imperecedera «Libre» de Nino Bravo; canciones que hicieron bailar, y saltar instantáneamente a miles de personas al ritmo de unas adaptaciones tan divertidas, como vertiginosas, las cuales, pese a la locura del show, se ejecutaron con una solvencia técnica impecable, y sin perder un ápice de calidad musical. Lo cierto es que su actuación destacó de principio a fin por la gran variedad de estilos musicales, fusionados entre sí con un humor arrollador; de hecho, resultaba una experiencia tan surrealista como maravillosa, ver al público romper en brutales y masivos pogos entre la multitud, con una mezcla de bakalao, y música de zapatilla, a ritmo de una acertadísima versión punk del «Duro de pelar» de Rebeca. No me cabe la menor duda de que, tras la hiperactivo actuación, que hicieron Me Fritos and the Gimme Cheetos, el público acabaría físicamente exhausto, y sin aliento, pero con los niveles de adrenalina tan altos, el espíritu tan encendido, y con más ganas de continuar, devorando la fiesta durante el resto de la noche.
Boikot
La mítica formación madrileña Boikot llegaría por todo lo alto al festival Extremusika, revalidando su historia como uno de los grandes nombres del punk rock, y demostrando por qué se mantiene como una de las bandas que mejor entiende y domina el concepto de gran formato en un escenario masivo. Lejos de ofrecer un recital convencional, la consiguió transformar por completo el recinto, en una gigantesca fiesta colectiva de carácter marcadamente reivindicativo, donde la música sirvió una vez más como el vehículo definitivo para la fraternidad, la comunión y la agitación social de miles de almas. Apoyados en una producción técnica impecable, un sonido contundente, el grupo ofreció un vibrante viaje cronológico a través de su dilatada trayectoria. Una banda sonora, que ya forma parte de la memoria, de varias generaciones, tuvieron el acierto de intercalar potentes adelantos de su nuevo material de estudio, que convivieron, musicalmente, con otros de su amplia discografía. Una evolución instrumental llenos de ritmos altamente bailables a su directo, sin suavizar un ápice ese núcleo puro de punk rock acelerado y combativo, que los caracteriza desde sus orígenes.
La actuación fue una montaña rusa de pura adrenalina y sudor, encadenando canción tras canción, temas ya clásicos como la de «Cualquier día«, que desató una de las mayores explosiones de júbilo colectivo de toda la edición del festival, unificando miles de gargantas, en un único grito de libertad al llegar su estribillo. Es precisamente esa asombrosa capacidad para derribar barreras generacionales, lo que hace de Boikot un fenómeno único en la escena estatal; entre la multitud resultaba fascinante ver convivir en perfecta armonía a veteranos de mil batallas cubiertos, junto a jóvenes adolescentes que experimentaban por primera vez el impacto directo de su lírica contestataria en vivo. Encuentros fraternales que elevaron el show a una categoría superior, transformando el concierto en una cumbre del punk patrio donde también hubo espacio para la nostalgia combativa al rescatar del baúl de los recuerdos trallazos inmortales de su discografía como el emblemático e infalible «El muro de Berlín«.
La arrolladora energía punk terminó por inundar cada rincón del festival. Fue, en definitiva, un despliegue de actitud impecable que evidenció que, a pesar del inevitable paso de los años y las modas, Boikot conserva intactas las mismas ganas de comerse el mundo que en sus inicios, manteniendo la envidiable facultad de prender la mecha para convertir cualquier festival en un clamor popular por la justicia y la libertad. Cuando los últimos acordes de las guitarras aún resonaban en los altavoces, la ovación atronadora del público dejó claro que lo vivido allí no había sido un concierto más, sino una auténtica fiesta. No hacen falta artificios ni grandes puestas en escena, cuando se cuenta con la verdad por bandera, y una colección de canciones que forman parte del ADN de la música alternativa. Boikot se despidió entre aplausos, dejando el listón en una altura prácticamente inalcanzable para el resto del cartel y confirmando su estatus de leyenda viva. Se bajaron del escenario con la satisfacción del deber cumplido, sabiendo que, una noche más, la llama de su incorruptible espíritu inconformista seguía quemando con más fuerza que nunca.
El Último Ke Zierre
Este día no abandonaríamos los sonidos más contestatarios, y la tarde continuaría, con la actuación del El Último Ke Zierre, que irrumpieron sobre el escenario con energía. Con el sol a punto de ponerse, la formación demostró su tremendo poder de convocatoria al congregar a un gran número de gente, fieles seguidores que no dejaban de hacer ruido, transformando el espacio en un hervidero gritos, cantando cada una de las canciones. Desde los primeros acordes, el grupo desplegó su música directa hacia nuestras mentes, letras despojadas de cualquier adorno técnico innecesario, con una base rítmica que aumento la intensidad de los temas a cada minuto que pasaba. Durante la actuación, pudimos observar una total complicidad entre banda y publico, y una total interacción entre la gente al cantar con furia, himnos generacionales imperecederos de la talla de «Hasta que pierda la voz» o «Soldadito Español«. Sin un solo segundo de tregua, ni concesiones al descanso, lo que provocó que desde las primeras filas, hasta donde alcanzaba la mirada, se convirtieran en un torbellino incesante de bailes salvajes, y saltos entre la gente.
El concierto de El Último Ke Zierre, fue una demostración de resistencia musical incombustible y madurez artística, donde cada acorde escupido por las torres de sonido, se sentía retumbar el suelo bajo nuestros pies. Hacia el final del show, temas como “Tus Bragas” o “Juan de Dios”, se convertiría en la banda sonora de ese instante. Manejando los tiempos del directo con una maestría absoluta nacida de la experiencia, la banda supo acelerar y frenar el pulso de miles de personas que estaban disfrutando de sus canciones con una gran carga social en sus letras. El final de la actuación, llego con el recinto entero quedó vibrando bajo una atmósfera de absoluta satisfacción, conscientes todos los que allí estábamos de haber sido testigos de casi dos horas de auténtica fiesta. Un fin de fiesta, a su actuación, ensordecedor que dejó el listón por las nubes en el festival, demostrando que el punk estatal sigue teniendo a uno de sus bastiones más honestos y viscerales. Nadie abandonó la explanada con las manos vacías; nos llevamos los oídos pitando, el pecho cargado de adrenalina y la certeza absoluta de que quedan muy pocas bandas capaces de derrochar tanta verdad sobre las tablas.
Los de Marras
Con la noche ya instalada en el recinto, mucha gente ya empezaba a evidenciar las primeras consecuencias de los días altas revoluciones. Pero, he de reconocer que el segundo día de festival, fue bastante intenso, y enseguida nos prepararíamos para la siguiente descargar musical. Los valencianos, Los de Marras, ya estaban preparados para asaltar el recinto de Cáceres, con su particular sonido, dicha la verdad con bastante curiosidad por su actuación. Desde los primeros acordes, quedó patente la mágica conexión que la banda mantiene con su público, congregando a miles de personas que se dejarían las voz, cantando de principio a fin cada verso de sus letras. La formación ha conseguido ganarse a pulso un hueco verdaderamente privilegiado en el corazón del panorama musical estatal gracias himnos potentes y estribillos que enganchan a la primera. Esa autenticidad se hizo notar con una fuerza desbordante desde los compases iniciales de canciones, continuamente escuchadas, de su repertorio como «Hoy» o «A tu vera«, temas que encapsulan a la perfección su característico sonido. Se trata de una música cargada de sentimientos y de vivencias cotidianas donde cualquiera de los asistentes puede verse inmediatamente reflejado en sus letras.
Un concierto donde la música parecía no tener fin, con su cantante, Agus, entre tema y tema, metía divertidos chascarrillos de humor, que la complicidad entre público y banda, fuera total. Sin respiro nos íbamos acercando al final de la actuación, donde las canciones sucedían a ritmo muy rápido, desatando bailes frenéticos en el público, despertando la euforia colectiva. Es sorprendente la capacidad innata, de Los de Marras, para movilizar e incendiar a miles de personas a través de herramientas tan puras como la sencillez, la transparencia lírica y la fuerza bruta de un rock directo que entra de una forma simple. Al apagarse sonido, quedaba en el aire la certeza absoluta de haber presenciado una de las citas que serán de las más recordadas de día.
Hamlet
Sin apenas descanso, Hamlet saltó a escena dispuesta a revalidar su estatus de institución indiscutible del metal estatal, ofreciendo una actuación cargada de violencia sonora, que para los que esperábamos sonidos más extremos, fue un regalo. La banda madrileña se enfrentaría, a un directo salvaje que sirvió como punto de encuentro intergeneracional, convocando en las primeras filas tanto a veteranos curtidos en mil batallas, como a jóvenes seguidores atraídos por la vigencia de su sonido pesado. En el centro del huracán, se situó Molly, quien demostró encontrarse en un estado de forma física, y vocal, sencillamente envidiable, actuando como un imán absoluto sobre el lugar; que destacaría por la gestualidad teatral de sus movimientos, y los incesantes saltos del resto de la banda, que hipnotizaron al público. La respuesta de la gente, no se hizo esperar, acompañando con sus voces cada una de las canciones, no dejando un solo segundo de tregua, ni concesiones a la calma, confirmando que la agresividad técnica, y la precisión de las melodías de su repertorio, retienen un poder de convocatoria masivo, capaz de mirar de tú a tú y ensombrecer a cualquiera que pretenda distraernos.
Un show a través de un repertorio inteligente, que funcionó como una apisonadora bien engrasada, repasando sus grandes clásicos, pero inyectándoles una vuelta de tuerca rítmica, que sonaba rabiosamente moderna, nítida y demoledora. La locura colectiva terminó de desatarse cuando empezaron a caer las piezas más icónicas, e indispensables de su discografía, destacando la crudeza instrumental de composiciones como «Egoísmo«, o la siempre ácida, directa y necesaria «Jodido Facha«, una de las canciones más cantadas de toda la actuación por el público . Asistir a un concierto de Hamlet implica sumergirse de lleno en una ceremonia de energía pura, e incendiaria, donde la palabra descanso queda totalmente erradicada del vocabulario; de hecho, los mosh pits que se abrieron de forma espontánea entre la multitud, se consolidaron rápidamente. Reconozco que Hamlet estuvo bastante bien, con una música, que poseía esa solidez sonora, que empujaba a la gente a un torbellino de saltos coordinados.
Hacia los minutos finales de su actuación, Hamlet pisaría a fondo el acelerador, para desatar un desenlace de autentico derroche y calidad artística impecable, consolidando esa envidiable capacidad para renovarse constantemente, y sostener una ejecución técnica impecable después de llevar más de tres décadas liderando la vanguardia del metal nacional. Esta constancia incombustible con la que defienden su legado sin bajar jamás el listón de la exigencia, los sitúa por méritos en lo más alto de la música extrema estatal. Al terminar, una gran ovación del público sacudió el recinto hípico, que lucía un aspecto imponente lleno hasta la bandera bajo el cielo nocturno. Este aplauso masivo y prolongado no fue más que el justo, merecido reconocimiento de una audiencia entregada a una banda que, lejos de dosificar sus fuerzas, volvió a vaciarse por completo y a dejarse la piel en cada nota, cada rincón y cada segundo de su intervención.
Narco
La propuesta sonora de los sevillanos Narco cayó sobre el escenario del Extremusika, con la fuerza devastadora de una auténtica bomba de relojería, revolucionando por completo las pulsaciones de una marea humana, que aguardaba ansiosa su dosis de adrenalina. Fieles a su inconfundible identidad, la banda desplegó de golpe esa densa e infalible, mezcla de rap explícito, metal pesado, y bases electrónicas bailables, sonidos todos ellos que los han convertido en un referente único dentro de la escena alternativa. Los maestros del realismo sucio, la marginalidad urbana y la ironía de barrio más afilada, pusieron a prueba los cimientos del festival desde el primer segundo con un repertorio directo que repasó temas de la talla de «El trapichero«, y la mítica «Tu Dios de madera«. En este último, la perfecta sincronización entre los salvajes scratches, las programaciones electrónicas y unas guitarras distorsionadas, que sonaban verdaderamente pesadas, creó una atmósfera densa y asfixiante, ideal para desatar la locura colectiva en el publico. La enorme cantidad de gente, que se agolpaba frente al escenario, demostró que el discurso irreverente, canalla y explícito, de sus letras, sumado al ritmo frenético de las canciones, fue uno de los mayores motores de convocatoria de todo el festival, transformando el espacio en una gigantesca rave de punk multitudinaria donde el polvo y el sudor se adueñaron del espacio del festival.
La segunda mitad del concierto no hizo más que certificar el estado de gracia de una banda que maneja los tiempos del directo con una solvencia letal. La irrupción de cortes fetiche como «Yoni, El Robot» terminó por transformar el recinto en una auténtica caldera de energía cinética pura, donde el baile frenético y los mosh pits, se fusionaron en una sola entidad humana, impulsada por el parpadeo constante de las luces estroboscópicas. Narco demostró una vez más que son verdaderos expertos en inyectar estados de trance eléctrico, que no decae ni un solo instante, sosteniendo una potencia sonora brutal que dejó exhaustos a miles de asistentes, pero sumidos en un estado de euforia. Con este cierre de filas impecable, la banda clausuró su intervención confirmando con creces su posición dentro el mercado musical.. Su paso por Cáceres dejó una huella imborrable donde la distorsión, la electrónica subversiva y la actitud callejera firmaron una de las páginas más salvajes.
Kaos Etíliko
Los vitorianos Kaos Etíliko llegaron al Extremusika, para dejar claro que han venido a divertirse, a morder y a agitar conciencias a partes iguales. La formación vasca logró reunir a una cantidad ingente de un público entregado que esperaba con auténticas ansias sus melodías combativas, sus ritmos acelerados de punk rock clásico, y unas letras llenas de verdades cotidianas escritas a pie de calle. Temas con un fuerte arraigo, hicieron que los allí presentes se alzaran al unísono, con energía renovada, y demostrando, que las letras de sus canciones, poseen un indudable grado de introspección emocional, un factor que los sitúa en un lugar de absoluto privilegio dentro de la memoria colectiva del punk rock nacional. Personas de todas las edades, se iban acercando hasta las primeras filas, para cantar, como si les fuera la vida en ello, himnos inmortales de la banda, creando de inmediato una atmósfera de celebración, rebeldía y hermandad que se ha convertido, por méritos propios, en la verdadera seña de identidad de la mítica banda alavesa sobre cualquier escenario.
El desarrollo del directo fue un ejercicio de honestidad brutal, ofreciendo un show directo al grano y centrado exclusivamente en la fuerza de unas canciones que han marcado a varias generaciones de inconformistas. Los vascos entrelazaron piezas indispensables de su discografía como «Hablar por Hablar» y «¿De que Vas?«, que lograron una conexión instantánea, masiva y profundamente visceral con la audiencia cacereña, cuya respuesta multitudinaria confirmó que Kaos Etíliko sigue siendo un reclamo de primer orden en los festivales. La banda demostró una capacidad asombrosa para llenar su franja horaria con miles de gargantas unidas en un solo grito de libertad y desahogo, ejecutando una reivindicación del punk rock hecho con el corazón, sin adornos técnicos innecesarios y donde la melodía directa y la rabia contenida caminan de la mano para emocionar a las masas. Al llegar el final de su actuación, la formación se despidió entre aplausos ensordecedores y una ovación unánime.
Gomad! & Monster
La recta final de la jornada encontró su punto de máxima ebullición con la entrada en escena de Gomad! & Monster, el combo idóneo para aquellos valientes que aguantaron con las fuerzas intactas hasta las horas finales de la noche. Reconocemos, desde la que escribe, que desde que salio el cartel, me llamaron la atención, y desde que por curiosidad, escuche su música, ya tenia intriga por ver su directo. Esa noche, aunque de primeras, el público que se encontraba en el escenario Bellota, no era el más idóneo, eso no impidió, que la banda ofreció una descarga demoledora de melodías de metal industrial, fuertemente impregnada por las influencias de la electrónica más oscura, cruda y subterránea, desplegando un sonido que bien podría escucharse a altas horas de la madrugada en cualquier club local berlinés. Su propuesta artística, de un carácter marcadamente extremo, disruptivo y vanguardista, sirvió de manera excelente para cerrar la jornada con una energía completamente diferente a lo visto en horas anteriores, centrando toda su efectividad en un sonido frenético, y en la perfecta cohesión de sonidos sintetizados, con bases electrónicas, mezclados con el sonido de la potente batería y guitarras afiladas, de sonido mas metaleros. La experiencia resultante creó un ambiente ideal para los amantes de los sonidos más arriesgados, contundentes y experimentales, demostrando con creces que en el Extremusika también hay un espacio privilegiado para la libre experimentación.
Itaca Band
Cuando ya nos disponiamos a abandonar el recinto, sobre el escenario principal, se encontraba Itaca band. Ellos fueron los encargados de poner el cierre definitivo a un día cargado de mucha acción, donde desplegaron toda la artillería de su peculiar sonido, una infalible fórmula que mezcla con maestría de diversos géneros, una fusión de rock, ska, regare y diversas músicas, con un inconfundible olor a mestizaje festivo. Desde los primeros acordes, la energía contagiosa de los catalanes actuó como un imán absoluto sobre la audiencia, convirtiéndose en el remate perfecto para una jornada intensa de festival y logrando el milagro de que el público, lejos de acusar el cansancio acumulado, agotara sus últimas fuerzas bailando sin fin. Sus ritmos festivos y acelerados, se transformaron en una celebración colectiva de la vida, conectando de forma inmediata con las miles de personas que abarrotaban el terreno, en un ambiente de pura hermandad underground. El paso de Itaca Band por el festival cacereño dejó, sin lugar a dudas, un sabor de boca inmejorable entre los asistentes, confirmando que la fusión libre de estilos y la alegría combativa siguen siendo unas de las señas de identidad más potentes, vigentes y necesarias de todo el evento. Al apagarse los focos y terminar la descarga instrumental, el cansancio físico de la jornada parecía desaparecer por completo, dejando el ambiente impregnado de una energía mágica y cerrando la programación del viernes con una inmensa sonrisa colectiva grabada en el rostro de miles de personas, quienes abandonaron el recinto hípico con el espíritu totalmente encendido, esperando al día siguiente.
Con este estallido final de ritmos con aromas a mestizaje, abandonamos el recinto en este segundo día de festival, para reponer energías de cara al último día. Atrás quedan las luces del escenario y el eco de una multitud, entregada a la magia del directo.
Fotografía y Crónica de Geles M.R.





























































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