El verano avanza y, con él, la ruta de los festivales no da tregua. Un año más, nos desplazamos hasta tierras castellanas para asistir a una nueva edición del Zurbaran Rock Burgos, una cita que se ha ganado a pulso el cartel de imprescindible dentro de la ya saturada y amplia oferta festivalera de la época estival. Sin embargo, esta edición no era una más; venía marcada por la expectación ante un cambio de rumbo, y el estreno de un nuevo recinto, en una nueva ubicación. Aunque la organización siempre ha querido defender a capa y espada la máxima de mantener este festival como un evento gratuito, la realidad logística, para un futuro, yo no vería mal, la posibilidad de tener que pagar una entrada. Una decisión que, lejos de ser un paso atrás en su defensa de la gratuidad, podría evitar incómodas aglomeraciones en momentos puntuales, y otorgando al festival el derecho pleno a competir por un hueco de honor entre los grandes festivales que copan el ancho territorio nacional.
Pero dejando a un lado las opiniones personales sobre el modelo de festival, la verdadera respuesta siempre está sobre el escenario. Así que empecemos a contar, todo lo que ha sucedido a lo largo de tres intensos días de puro rock y metal en la gran ciudad de Burgos.
Uli Jon Roth
El pasado jueves 9 de julio, el cielo burgalés se tiñó de acordes virtuosos, con la actuación de Uli Jon Roth, ex guitarrista de Scorpions, y el cabeza de cartel de la jornada extra y previa al festival Zurbarán Rock. Tras un enérgico «show» de los locales Rockerizos, la expectación por el maestro alemán era ya palpable entre el público que poco a poco iba llegando al nuevo recinto, el estadio municipal El Plantio. Roth, destacó por ser un auténtico orfebre de las seis cuerdas, y no defraudó. Su actuación se dividió en dos partes muy bien diferenciadas, o al menos así fue mi sensación. Una primera de ellas dedicada a su faceta más sinfónica y neoclásica, fusionando con maestría técnica géneros musicales en un principio antagónicos, por lo que Uli Jon Roth demostró ser un visionario, siendo capaz de fusionar con elegancia asombrosa piezas de genios como Mozart, Beethoven y Vivaldi, con la potencia eléctrica de su peculiar guitarra. Esta fase del concierto fue un viaje sonoro exquisito, un deleite para los melómanos más exigentes, donde el público permanecía absorto, casi hipnotizado por la magia y la delicadeza con la que el guitarrista reinterpretaba piezas clásicas imperecederas bajo un prisma totalmente nuevo. Las texturas sonoras, la dinámica y el feeling que Roth imprimía a cada nota, convirtiendo esta primera parte en una experiencia casi mística, un preludio instrumental perfecto para lo que estaba por venir.
Ya entrada la noche, el ambiente se transformó por completo, y la vertiente más rockera y visceral de Uli Jon Roth tomó el control del escenario. Comenzó una segunda parte que fue un auténtico viaje en el tiempo a través de las páginas más doradas de la historia del rock. Fue el momento de rememorar los himnos imperecederos que compuso durante su etapa con Scorpions. Temas que sonaron con una potencia y una frescura que recordaron a todos por qué esa etapa de la banda alemana es fundamental para entender el hard rock moderno. La guitarra de Roth lloraba, gritaba y cantaba con una intensidad desbordante, llevando al público a un estado de éxtasis colectivo. Pero el homenaje no terminó ahí; Uli Jon Roth también dedicó una parte de su set a rendir tributo a otra de sus grandes influencias y otro inmortal de la guitarra, Jimi Hendrix. Canciones que fueron recibidas con entusiasmo, demostrando la versatilidad de un músico que se siente cómodo tanto en la complejidad de una suite sinfónica como en la crudeza del blues-rock más psicodélico. Fue, sin duda, una velada inolvidable que dejó un sabor de boca inmejorable como antesala a los días de festival que estaban por venir.
Secret Sphere
La noche del jueves cerraría su programación musical por todo lo alto con la esperadísima actuación de Secret Sphere, la reconocida banda italiana de metal sinfónico y power metal melódico formada en 1997. Los transalpinos llegaban a esta cita con una carga emocional extra y muy significativa, al tratarse de su primer concierto después de diez meses de parón forzoso, un tiempo en el que su vocalista tuvo que alejarse de los escenarios para recuperarse de una delicada afección vocal. La expectación era máxima por comprobar cómo respondería el grupo tras este largo silencio, y las dudas se disiparon por completo desde los primeros compases del espectáculo, al demostrar que la voz de Roberto Messina regresaba con una fuerza, nitidez y técnica sobrecogedoras. La banda italiana demostró desde el inicio, una absoluta sintonía con el público burgalés; era evidente que los músicos estaban disfrutando encima del escenario, y ese entusiasmo sincero, se notaba en cada gesto, y se contagiaba a un público entregado que gozaba con los virtuosos sonidos de su metal melódico. A nivel musical, la formación funcionó como un reloj de precisión, el virtuosismo y la velocidad a las seis cuerdas del guitarrista Aldo Lonobile se entrelazaron a la perfección con la sólida, compacta y atronadora base rítmica conformada por Andrea Buratto al bajo y Marco Lazzarini a la batería. Todo ello estuvo magistralmente arropado por los teclados de Gabriele Ciaccia, encargados de envolver el ambiente en esa atmósfera majestuosa, elegante y épica, tan propia de su vertiente más sinfónica. El set list de la noche se equilibró a la perfección la contundencia de sus pasajes más veloces, con la emotividad de sus melodías más cuidadas, permitiendo a su cantante lucirse. La complicidad entre el grupo y sus seguidores fue total a lo largo de todo el concierto, canciones como «Alive«, Legend» y «Oblivion«, convirtieron la actuación en una auténtica fiesta para una banda fundamental dentro del panorama europeo del metal. Los italianos abandonaron el escenario visiblemente emocionados, ante los aplausos de la gente, dejando constancia de que su regreso no solo era una gran victoria personal e íntima para su cantante, sino también un triunfo musical rotundo que clausuraba la jornada previa de la manera más brillante y enérgica posible.
Tras este inmejorable broche de oro instrumental y emocional a cargo de los italianos, la organización del Zurbarán Rock terminó de encender los motores y dejó el listón en lo más alto. El ambiente festivo y la hermandad vivida durante toda la jornada del jueves sirvieron como el preludio ideal, emplazando a todos los presentes a la gran fiesta del metal que estallaría con toda su fuerza durante los dos días siguientes. Por delante quedaba un fin de semana completo de guitarras afiladas, hermandad y grandes himnos que prometían convertir a Burgos, una vez más, en la capital indiscutible del rock y el heavy metal.
Crónica y Fotografía realizada por Geles M.R.
















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