Érase una vez el año 1999 cuando un wrestler de WCW llamado Vampiro empezó a aparecer junto a unos con pelo raro y la cara pintada. Misfits se llamaban, con un tal Jerry Only por ahí, o algo de Frankenstein por allá. Ahora, 23 años después, me vi de nuevo con ese tal Frankenstein, Doyle Wolfgang von Frankenstein, esta vez con los conocimientos más claros, sabiendo a quién tengo enfrente.
Inintencionadamente parece que el wrestling tendría que seguir llevando esta crónica, ya que antes de que Doyle y su banda saltará al escenario de Rockville lo hizo Lex Lüger. Para alguien no familiarizado con ese mundo sólo diré que Lex Luger, sin diéresis, ha sido un nombre tremendamente importante en él, pero si me permitís, salvo por una tontería que vendrá después a la que no puedo dejar de hacer de mención, lo dejaré aquí y me centraré en la música.
Lex Lüger, quien fuera líder de Los Lügers, apareció en Rockville en formato dúo, para ofrecer los que para mí fueron, aproximadamente, 45 minutos magistrales. No puedo comparar con su anterior etapa ya que nunca pude verle ahí, pero lo que desplegó ese viernes 1 de julio fue un buen hacer muy sencillo pero efectivo mientras cantaba sobre películas de terror o personajes de la mitología cristiana. Su voz, acompañada por una intensidad bañada de luces azules, me cautivó.
Su rock & roll oscuro, llevado entre él a la guitarra y voces y su bajista y coros, que me perdonaréis, pero que no conozco el nombre, llenó la sala. Un concierto lleno de intangibles que se me hizo cortísimo y que me muero de ganas por repetir.
Cambios y encendido de luces después apareció Doyle junto a su banda, comandados por el vocalista, con varias máscaras de lucha libre encima, Alex «Wolfman» Story.
El mencionado buen hacer, casi contenido, de Lex Lüger, contrastó con el hardcore punk de Doyle, en especial de Wolfman, desatado durante las canciones, salvaje, explosivo e imprevisible, que entre ellas nos recordaba que todas hablaban de amor y que podíamos bailar si queríamos. Y cuando digo todas es en todas, ya que si el concierto fue compuesto por once canciones él lo repitió diez veces como si de un mantra se tratara.
¿He dicho once canciones? Sí, once, que pasaron como un tsunami arrasando con todo, aunque esperaba bastante más movimiento en Rockville, ya que desde luego invitaban a dejarse la piel a base de moshpit, no a estarse quieto de brazos cruzados, pero cada uno se expresa como le parece, y si no el propio Doyle, que mientras golpeaba su guitarra, tocaba de lado al público casi inexpresivo. Volviendo al once, no es que nadie fuera a acabar extremadamente cansado ya que la actuación, no es que que se hiciera corta, es que fue literalmente corta, no llegando a la hora, aunque eso sí, extenuante para los sentidos porque baladas no es que tocaran. Todo ello culminado por una despedida que no fue anunciada, simplemente llegó.
Una vez todo terminó sentimientos contradictorios se apoderaron de mí. Y es que en sí el show de Doyle es de los que no se olvidan, pero por otro lado es difícil hacerlo cuando hay tan poco que recordar.
- Crónica: Alejandro Sanz
- Fotos: olga@metaltrip.com











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