No hay que ser un invitado especial ni jugarse los billetes al póker para acudir a una fiesta privada de acceso exclusivo de alta alcurnia. Bebidas, fiesta, colegueo, figuras de renombre… Todo iba a ser perfecto en el Titanic que Hadadanza, Reino de Hades y Profecía hicieron zarpar por el río Manzanares a su paso por Vicálvaro. Cerca de las aguas que trascurren por la Sala Revi Live, la fatalidad de un inesperado iceberg hizo que el hundimiento se repitiese un siglo después.
De nuevo, la negligencia humana fue la causa del incidente con el susodicho escollo, salvo que en vez de ser un elemento natural como es el hielo, se personificó como una cuestión técnica de sonido ajeno a la organización del recinto (más o menos). Por muchos intentos de parchear el buque y otorgar soluciones temporales a cargo de la resistencia a la tragedia por parte de Profecía y Reino de Hades, el hundimiento se hizo real cuando Hadadanza priorizó la actuación por encima de las diversas soluciones a escoger. La definición más fiel de “¡Si tú saltas, yo salto!” en versión musical, aunque con matices a tener en cuenta y dejando (¡bien claro!) que la Sala Revi Live no estuvo involucrada en el naufragio (en cierto modo). La causa se sabía desde el inicio con Profecía, prosiguió con Reino de Hades y se hizo patente (¡en todo su esplendor y gloria!) con Hadadanza. Habría que preguntar en la cabina de mando el porqué de la decisión de seguir adelante con fallos tan evidentes y problemáticos…
Profecia
En tercera clase, donde la gente deseaba saltar y disfrutar con la mejor música folclórica nacional Profecía abrió la velada con sus efluvio manchegos de procedencia ciudadrealeña.
Para tocar cerca de una hora, hay que reconocer tres méritos muy importantes del joven grupo. El primero de todos y el más evidente, el empeño y profesionalismo en dar una imagen de absoluta entereza en concomitancia al jolgorio de sus temas. Sería difícil escoger a un artista del quinteto, pues cada uno aportó su granito de arena a elevar el listón escénico y mantenerlo en danza continua. Por desgracia para los presentes (unos más que otros) los altibajos del sonido y la ausencia de un control exhaustivo de los mismos fue el indicio de una rotura en el casco del buque. Aun así, la banda se antepuso a los fallos externos y convertir su show en un frenesí de folk metal/rock mediante una entrega total a la calidad que se esperaba de Profecía.
Después, no hay que olvidar la inmensa alegría de volver a tocar en directo, pues Judith estuvo radiante en su rol percusionista (¡qué talento derrochaba entre los suaves golpes!) al igual que Pablo logró que su guitarra brillase entre la multitud de ausencias en los altavoces ejecutando unos ritmos espléndidos y su destreza solista, incluso en áreas acústicas. Alex jugaba con su flauta en una espiral de belleza teórica mientras que Darío sostenía las canciones con el portento bajista que le caracterizaba en solitario.
Cerrando las compuertas y las escotillas de seguridad, el Titanic musical aguantó la primera embestida de los reveses técnicos (una prueba fue la conexión social durante “La Taberna de los Sueños Caídos”) los cuales seguirían siendo inevitables a lo largo de la velada. En último lugar, quizás por ser los primeros, Profecía no gozó de mucho ensayo previo a la sonorización; ¡ni falta les hizo! Eso demostró la alta calidad escénica de la banda, llevándose un mérito inesperado como salvavidas a priori de quienes advirtieron las dificultades a solventar.
Reino de Hades
Reino de Hades es de esas bandas que han sufrido la ira de la naturaleza, más en especial, del fuego. La devastación de su local de ensayo en tierras jienenses fue un duro varapalo para el grupo, pero gracias a la colaboración social (solidaridad en el mundo del metal/rock, ¡por fin!) ha habido una recuperación parcial y la enérgica descarga folclórica ofrecida en el océano de la Revi Live hizo honor a la bondad expresada.
La contención de la incipiente problemática sonora se consiguió retener un poco más, pues el público deseaba ver el potencial de Reino de Hades. Sin embargo, los fallos iban cogiendo consistencia y el clímax del desastre no tardaría en llegar. Presentando «Siete Runas», el septeto no dudó en fortalecer el vínculo con el público a través de la sencillez lírica y los coros de los estribillos al unísono. Cada artista era un cúmulo emotivo que irradiaba felicidad por doquier. Por ejemplo, el caso de ambos guitarristas, Fran y Javi, cuyo intercambio melódico y carisma hacían que los temas adoptasen un aura exclusiva que enternecía el corazón y animaba el alma. Algo oculto en la retaguardia pero con un rol muy importante, David pulsaba su teclado profesional en favor de hacer que la iluminación circundante se colorease en función de la carga sentimental derrochada en cada tema.
Sí, los continuos fallos sonoros siguieron campando a sus anchas, aunque el grupo jienense volcó su reciente experiencia fatídica en reprimirlos y dar un espectáculo que superó (de forma magistral y con creces) a Hadadanza.
Un pilar fundamental en el mantenimiento de la calidad personal recayó al frente, pues José y Sergio se dejaron la más pura esencia de su cuerpo en que la voz y el violín se fusionasen en un ente único. Dando vueltas entre ellos e incrementando la ilusión intrínseca, la multitud de miradas que había centradas en ellos supuso una tendencia de aplausos sin fin.
En un claro homenaje a Saurom y la preciosa «Sueños Perdidos» (¡pedazo dominio de José con la mandolina!) ambos se hicieron protagonistas en la emulación idólatra hacia un magnánimo referente de la cultura folclórica extrema. También hubo otro momento de gloria hacia una persona especial para el grupo, el cual es un tío cojonudo y muy reputado, Victor (Witchtower) con quien se compartió el micrófono y la algarabía musical en «El Gran Khan». Ya se notaba la decadencia de los sistemas de represión sonora a mitad del repertorio, y aun así, Reino de Hades no se rindió por dos objetivos determinantes. Había que mostrar el buen estado de forma de forma holística y enseñar que no hay nada que impida disfrutar de un buen show de metal/rock moderno. Por ello, la locura de las danzas tradicionales llegó con la increíble versión de «Ryan’s Polkka» (¡nunca puede faltar!) que marcó un antes y un después en la respuesta del público.
Bebidas alzadas, gozo desbordado, bailes mutuos… Y la inesperada colaboración de artistas amigos de Ekyrian para finalizar en «Barbanegra» y un toque piratesco que explosionó el ánimo en el recinto. Aguantándose hasta los últimos compases de la sentida despedida, el Titanic musical se mostró muy evidente para los presentes, pues la resistencia de Reino de Hades durante su increíble actuación terminó por ceder al designio de la inexperiencia y la falta de resolución técnica. ¡Una lástima, porque ambas bandas trataron de mejorar (sin éxito) la calidad auditiva para Hadadanza! Es decir, allanar el camino, hecho que condenó el naufragio a los abismos del directo.
Hadadanza
Grietas repartidas por la cubierta, nadie al cargo de timón, un iceberg dañino que nadie era capaz de reprender o quitarlo de en medio…
De verdad, hay que aplaudir a Hadadanza todo el esfuerzo que se puso ante el público, pero cuando la dirección del barco es inexistente y nadie se molesta en ayudar (ni siquiera los integrantes de la tripulación) sólo queda esperar el destino de una situación que podía haberse solventado desde el principio de la tarde.
Ensayar días con tesón y probar el sonido (que Hadadanza había traído) durante varias horas con la idea de complacer las ganas de los asistentes, ¡perdidas! Duele tener que hablar así de una banda que mueve masas a través de un estilo musical original e influenciado por la literatura épica de Tolkien, pero es que la experiencia obtenida con Hadadanza fue… Pésima, por evitar un lenguaje soez que no vendría al cuento (¿o sí?).
Durante el tiempo que servidora estuvo en la actuación (se tuvo la sensatez de abandonar el buque antes del descenso a los profundos abismos del olvido) sólo había tres personas que se salvaron de la debacle sonora. Por mucho que la banda diese una imagen de relativa comodidad y una exhaustiva entrega, la atención no se quitaba de Bárbara, icónica flautista que aunó toda la expresividad entre saltos, sonrisas y una actitud loable. Al otro lado y por detrás, el sostén estructural del bajo y la batería apoyaron la armonización de adorno, pues el caos escénico empezó al frente.
Aquel trío artístico era la mitad luminosa de la banda, al contrario que ambos cantantes y las guitarras. Ni desde el foso se escuchaba el tono natural de Dave con su habitual liricidad y de Victoria (reciente incorporación que deseábamos escuchar después de su efímero paso por el Liruprint conquense). Ella no podía ocultar su inmensa felicidad de estar allí con los fans, hecho que aún más dolía al no oírsele ni en las zonas acústico. Una poderosa cuestión recaía en si ambos eran conscientes (¿o no?) de su mudez sonora. Por mucho que el público apelase a una urgente solución, la indiferencia parecía guiarles. De ahí, la hipotética idea de “Nos vamos a hundir… ¡con dignidad!”.
A pesar de abandonar el recinto antes de terminar el concierto (¡ojalá que no!), la intensa fatalidad que perduró, hasta el final, a la que sometió la actuación de Hadadanza (por unas decisiones cuestionables, ¿quizás?) también humo momentos de un ilustrativo espectáculo a cargo de figurantes y decoros accesorios. Por ejemplo, la aparición divina de Andrea y su dotes teatrales de diversos matices, ya fuera como musa nórdica o un ángel de brillantes alas en la oscuridad escénica.
Tampoco faltó la ayuda de amigos y miembros de otras bandas, al igual que un coro de gaitas y otras sorpresas más. No olvidar tampoco el derroche de carisma de José, cuya guitarra quedó encubierta en la silencio de las tinieblas (¡con lo que disfruta tocando ritmos y solos!). Es una persona clave en el núcleo grupal y quedó eclipsado en la audición, lo que supuso una pérdida inigualable de ambientación. Una sorpresa imprevista fue la ausencia de Dani y su violín, el cual se sustituyó por programación accesoria (¡mucho se le echó de menos!). Los minutos se sucedían, las canciones discurrían en un desastre técnico y el iceberg generado estaba desesperado (¡a buenas horas, oiga!). Hubiera sido, como opción alternativa, posponer el concierto o reprogramarlo (¿por qué no?)…
Seguir presentado «Aventura y Leyenda» volvió a ser prioritario, aunque no faltaron guiños al resto de la discografía, como la exuberante «¡Derry Dol!», la magia del bebercio en «El Brebaje» o «Farlequin», una vuelta a las raíces del folclore más juglar (alguien se quedó aparte de mí para ser testigo asociado). Cierto es que, en las últimas cadencias del show, hubo una significativa mejoría a nivel sonoro, pero el barco se había hundido por completo cuando ya tocaba la despedida. A pesar de las fútiles súplicas desapercibidas en el fragor de la batalla, el grupo alicantino se despidió de los fans y allegados entre vítores y peticiones de bises, pero el tremendo retraso inicial y las restricciones en las horas de ocio evitaron que el Titanic de Hadadanza tocase fondo. Se espera y desea que en futuros shows, como el burgalés Zurbarán, no se experimente una adversidad tan notable y que la gente se lo pueda pasar en grande como se merece.
Una petición escrita que, de todo corazón y alma, se cumpla sí o sí…




























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